Nadie quiere dormir solo.
Y los cuerpos se amontonan, de dos en dos, de tres en tres, en amasijos de extremidades imprecisas.
Lloviznea en la calle y los perros no ladran.
Y no suenan las campanadas de la iglesia. Las gotas se detienen ingrávidas en su forcejeo contra el suelo. Y solo hay ecos. Ecos de los pasos que fueron, de las palabras que prometían y de labios de acero.
Nadie duerme solo hoy. Ni siquiera en los soportales de los edificios, ni bajo el alfeizar de la ventana ni entre las vigas de los puentes. Hoy los cuerpos están en venta, en oferta de temporada, un dos por uno de cada especie.
No creas que no he pensado esto antes. Se huele el día en el aire, comestible y tangente. Hay motores en los coches, en las casas y bajo la piel, humeando con cada gruñido. Y hay un arsenal de frases hechas flotando en el aire, esperando ser atravesados por cualquiera que las pueda vocalizar. Porque confundimos la noche con la madrugada y cada circunferencia con la realidad. El ruido de las ventanas al cerrarse es plástico. La geometría de la luz eléctrica deja paso al crujido del amanecer sobre la pared, resbalando de izquierda a derecha. Los murmullos de cada objeto se intensifican. Yo no me preocupo por ti y tú no te preocupas por mí, mascullamos entre dientes, intentando confundirnos. Tras las cortinas, no hace falta decir nada más.
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