Me pregunto si significa algo que dos personas me hayan regalado el mismo libro. Cierto, cada uno es en un idioma diferente, y cierto, se llevan unos cinco años de retraso. Pero son el mismo libro. Y justamente había cogido el original, en inglés, para volver a ojearlo apenas un par de semanas antes de recibir el segundo ejemplar. Quizá deba volver a leerme(los). A lo mejor hay algo escondido entre sus hojas para mí.
El otro día hacía zapping en la tele y me encontré con uno de esos clásicos del Oeste que veía mi abuela a todas horas. Ahora, con la TDT, hay un par de canales abanderados de películas antiguas de esas que pasaron sin pena ni gloria a las videotecas de algunos. Lo curioso fue cuando unas horas después, y no recuerdo en qué contexto, me encontré con Zane Grey. Con la tecnología a mano, busqué en google la imagen de ese escritor cuya literatura devoré sistemáticamente un verano, hace un puñado de años. Entonces me di cuenta de algo importante. Mi abuelo leía todas las novelas de Zane Grey. Las leía y re-leía y tenía la colección completa de sus obras. Yo las heredé cuando, al morir mi abuelo, mi abuela pasó a vivir a temporadas con sus diferentes hijos. Realmente no las heredé, pero nadie las quería. Las había ojeado anteriormente, una de esas largas tardes de verano en que mis abuelos y mis padres hacían la siesta y nos obligaban a pasar tiempo en la salita, sin hacer ruido, y cualquier objeto se convertía en un mapa del tesoro para consumir los minutos más rápido. Así que cogí todos los libros y me los llevé a casa. No recuerdo qué verano fue el de su lectura. Quizá un par de años más tarde, cuando tenía unos 18 años. Pero recuerdo las persianas entrecerradas, y un disco de los Cure. La luz jugueteando con los trozos de polvo que flotan en el aire de verano. La colcha de flores que quería mi madre para mi habitación sobre la cama; paredes forradas de posters, un montón de horas vacías y estantes llenos de libros. Tumbada sobre esa sobrecama de colores pastel, que me dejaba marcas a rombos en la piel estival, me leí, una a una, todas las novelas de Zane Grey. Fueron una droga temporal, una cascada de imágenes de planicies interminables de colores ocres; montañas fantasmagóricas que permanecían siempre a la misma distancia en el horizonte; riachuelos cristalinos escondidos entre álamos que cantaban al viento. Las historias de este Lope de Vega americano eran siempre parecidas, pero sus libros me llevaban a lugares que podría llamar libertad, rodeada del calor de un agosto en Valencia, sin salir de mi habitación.
Y creo que descubrí algo después de ver esas instantáneas en blanco y negro de un vaquero solitario, mirando las montañas nubladas en el horizonte, viendo las formas confundirse con la bruma de la lejanía. Mi abuela veía películas del Oeste porque le recordaban a mi abuelo. Porque esa es una de las iconografías que compartían: la vasta y salvaje libertad de las planicies americanas. Los días cabalgando bajo el sol; las violentas tormentas, los amaneceres incandescentes que nunca vieron pero que imaginaron juntos. Y cuando mi abuela ya no tenía hogar, no tenía espacio ni tiempo, cuando vivía a través de la inercia, viendo como las personas a su alrededor, a quien llamaba familia, crecían creando sus propios caminos, desechando sus conocimientos y vivencias, invisibilizándola, ella decía ‘Deja ésta, la del Oeste, de los tiros, pum pum’ cuando buscábamos alguna película para entrenarla y dejar su tiempo discurrir al lado del nuestro, aislado. Quizá me equivoque, pero no creo que nunca le importaran Clint Eastwood o John Wayne. Podía ver la misma película cientos de veces. Pero las praderas sobre las que ellos avanzaban en sus caballos eran las que ellos dos, quizá juntos, visitarían alguna vez. Porque, tras los poblados donde había tiroteos y salones llenos de borrachos, se vislumbraban esas extrañas formaciones geológicas que parecían mástiles de barcos sumergidos en la parca tierra de las estepas, que ellos dos, quizá juntos, escalarían para ver el ocaso una tarde de verano. Como en la que yo me perdía entre las líneas de Zane Grey y no tenía que pensar en nada. Como en las que mi abuela se perdía en las imágenes empequeñecidas de la televisión y no tenía que recordar nada.
La semana pasada estuve de nuevo en Figueres, en el Teatro Museo Dalí. Un artista por el que empecé estando completamente desinteresada y que cada vez me resulta más sugerente. Esta vez me escapé de los seis grupos de alumnos, cada uno con su guía, y fui a ver las obras que nunca visitamos. Me encontré con una galería de sus ilustraciones para El Quijote y La Divina Comedia que me encantaron. A la salida, buscaba un libro del surrealismo que pudiera servirme para el trabajo de investigación. No obstante, acabé abriendo uno de Gala. Estaba lleno de fotos de ambos. Gala y Dalí. Cuando eran jóvenes, con su piel tostada por el sol, disfrazados, en la playa, lúdicos, relucientes. Y del paso de su tiempo: haciéndose mayores, cambiando su ropa, en la playa, Gala leyendo un libro mirando a la cámara desafiante. Más mayor, pero igual; igual por dentro aunque la lente la reflejara distinta. Me preguntaba qué tendría ella, por qué todos se enamoraban de ella, cuál era su secreto. Y veía las fotos de ambos juntos, viejos, arrugaditos. Como mi abuela y mi abuelo. Sombras de esa juventud que fueron, una interpretación de sus personajes. Y me preguntaba qué encontraron el uno en el otro, cómo lo conservaron. Qué olvidaron de sí mismos. Que dejaron por el camino. Cómo lo construyeron de nuevo con el otro. Cómo envejecieron, pero permanecieron igual en los ojos del otro y en los suyos. Dónde se esconde ese lugar de intemporalidad. Y me doy cuenta de lo poco que sé de esas respuestas – y me entristezco.
Volveré a leer ese libro, que me han regalado dos veces, en dos idiomas, dos personas diferentes. Quizá tenga algún mensaje para mí.
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