jueves, 20 de octubre de 2011

Sueños de aceituna

Me había levantado para ir al baño. Llevaba teniendo sueños raros toda la noche y pensaba que era porque la cena me había sentado mal. Una de esas clásicas explicaciones para adultos,  que combinan la tradición supersticiosa con un trasfondo racional. Intentaba no hacer ruido al volver a mi habitación. No tengo interruptor al lado de la cama así que tenía que apagar la luz al entrar. Las persianas estaban casi cerradas. Antes dormía con las persianas entreabiertas, pero hay demasiado ruido en la calle durante las noches cálidas. No es un buen barrio y las drogas parece que hacen a los yonkis lo mismo que las horas de discoteca a los canallas: ensordece su ruido propio. Nadie habla por las calles de mi barrio, todo el mundo grita.


Apagué la luz. Porque eso es lo que tocaba hacer. Y en ese instante en que todo era oscuridad y esperaba a que mis ojos se dilataran para distinguir las siluetas en la noche, pensé en qué pasaría si mis pupilas nunca se acostumbraran, si nunca viera nada, si la oscuridad me engullera.

Damos muchas cosas por sentado. Aprendemos a confiar en las leyes de la naturaleza y en los códigos de la sociedad. Se nos olvida que cuando éramos pequeños no sabíamos con seguridad si, al apagar la luz, volveríamos veríamos algo o no.  No teníamos por qué creer en el orden. Ante los ojos de un niño, cualquier cosa es posible.

Hace un par de noches caminaba por la calle para ir a trabajar a un bar. Me crucé con un montón de gente de fiesta. Cenas, botellones, bares, tapas… Jóvenes indestructibles. Pensé que es gracioso. Con la edad, se nos olvidan las certezas que teníamos. Y una vez instalada, la duda es ineludible. Nos acompaña como nuestra sombra y es venenosa. Deconstruye el ímpetu. Qué ilusión la de pedir que se apueste por uno: cualquier persona que duda caminará las posibilidades de las inacciones y las variaciones de la probabilidad, destruyendo los caminos antes de sembrarlos. Veo a cientos de adultos disfrazados de niños cada día, aparentando ser lo que eran. Pero no se puede recuperar lo que ha sido olvidado, igual que no se puede reír un chiste ya conocido como la primera vez, aunque seas capaz de discernir su astucia.

Quizá me equivoque. Quizá haya gente que siempre viva con certidumbre y gente que no. Personas cuya inevitabilidad sea cuestionarse la veracidad de las cosas, su impermeabilidad. Es como un virus que infecta la razón de algunos. Y damos vueltas, como animales. La trayectoria recta que se perfilaba frente a nosotros mientras aprendemos de repente se curva bajo nuestros pies y nos damos cuenta de que no; no desandamos lo andado con el tiempo, sino que recorremos la misma órbita con otros pies. ¡Qué poco sabemos! Pero, ¿para qué queremos saber más?

Cuando apago la luz, dudo. ¿Y si lo que tiene que pasar no pasa? ¿Y si la oscuridad me engulle?

Me dijeron hace unos días que, si comes aceitunas antes de acostarte, recuerdas los sueños. Una de esas clásicas explicaciones para adultos. Voy a comer olivas todas las noches, a ver qué pasa... 

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