Los animales están nerviosos, no pueden dormir. Resoplan y se
agitan en la fría humedad. La bruma es como una manta hambrienta de memoria, que
se va tragando las siluetas de las cosas lentamente. Nuestro silencio es menos
silencio cuando hay niebla. Parece que la bruma se alimentaría gustosa de las
palabras vacías que pudiéramos decir.
Me da un poco de miedo cerrar los ojos, porque pienso que si
dejo de mirarla, ella me engullirá. Me pregunto dónde van las cosas que no se
ven aunque estén frente a nosotros. Supongo que la bruma me recuerda lo que he
perdido. La noto tirar sin esfuerzo de mi pelo, pesando con un persistente vaho,
tiñendo mi cabeza de inclinación. Debe ser que me quiere llevar hacia su
interior, como un bebé que se adentra desconocido dentro del regazo que había abandonado.
Cuando la niebla me rodea ya no te distingo. Me pregunto si éste es el color
del olvido.
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