domingo, 23 de mayo de 2010

La vulgaridad de las palabras

En ‘El libro de la risa y el olvido’ Kundera habla de la grafomanía. De cómo, en un mundo en que unas personas no se interesan por las otras, todo el mundo escribe. Proviene del alto nivel de bienestar general, permitiendo una actividad improductiva; la soledad generalizada de los individuos y la escasez de grandes cambios sociales. Creo que va más allá. Que la gente en las situaciones nombradas escribe porque sabe y puede escribir. Es un arte al alcance de todos, donde no hace falta tener talento para simularlo o para publicar. Sobre todo en la era digital de blogs, webs y redes sociales en la que estamos. Yo escribo porque soy vulgar – no sé tocar instrumentos, ni crear arte, ni cocinar especialmente bien. Pero luego llega Benjamín Prado y habla de la escritura (y de la lectura, en añadido) como el parámetro sobre el que debe levantarse la cultura. Como “algo útil para comprender la realidad […] a fin de cuentas, una persona capaz de analizar y comprender es alguien a quien no resulta sencillo mentir, ni manipular”. Pero me pregunto de qué sirve tener las respuestas después de escribir sobre algo, si no has sabido conjugarlo cuando lo estabas viviendo. Una reacción racionada, en ocasiones equivale a no reaccionar.

Escribo para saber lo que no siento. Al igual que duermo para no pensar. Cuando escribo algo, las palabras ya no me pertenecen, y cada uno puede rellenar de significado las imágenes que yo he utilizado para explicar lo que sólo yo entiendo. Pero nadie ha dicho nunca que escribir tenga que ser un acto de honestidad. Cuando escribo también me miento. Hace tiempo vi un ratón en el cuarto de baño. No conseguí cazarlo para sacarlo de mi apartamento, así que finalmente en mi cobardía y tras haberme cruzado otro par de veces con el roedor, rellené dos cuencos de veneno y los dejé por las esquinas de la casa. Nunca más volví a ver al ratón. No sé si murió o si se fue antes de ingerir el veneno o, mejor dicho, sé perfectamente que lo maté pero me gustaría pensar que no lo hice. Me lo justifico. Me digo que nunca olí un cuerpo en descomposición, que el ratón podría haberse ido antes de la casa por el mismo sitio por el que entró. Y pienso en el ratón comiendo el veneno, que parecía apetecible – porque era algo natural, una acción que tenía que hacer el animal por su misma razón de existencia - y luego vomitando, sufriendo y muriendo – sin explicarse muy bien por qué. Y pienso que muchas de nuestras acciones son así, algo natural, algo congénito. Y algo tóxico que no sabemos evitar.

Me gustaría poder encontrar ese momento en que ya no tuviera que explicar nada, en que fuera capaz de no necesitar decir, sino sólo estar en silencio. No el silencio que a veces es incluso más destructivo que la palabra. En el que las cosas que no se dicen son las que dan lugar a más historias, a más letras, a más palabras y explicaciones. Lo que no conseguimos expresar es aquello que más nos marca – es lo que nos mantiene alejados de los demás. Cierto es que cada palabra tiene un signo diferente para cada persona. Al expresar una misma idea, quien oiga contar una historia llevará un equipaje propio con el que rellenará cada palabra, cada idea, el rostro de cada personaje, sus movimientos y sus gestos. El timbre de su voz. Pero en la palabra, en lo dicho, está el intento de comprender, la limitación de posibilidades. La ilustración de que, de cualquier opción, se te abre una. El silencio deja demasiados caminos abiertos.

Pero no hablo de ese silencio sino del otro. En el que uno está tan alejado de todo lo que puede compartir, ha caminado tanto hacía otra dirección alejada de los demás, que sabe que la distancia es ya insalvable. Y presta su oído a la escucha. Ese silencio que otorga inmediatamente la simpatía. El de la persona que nunca quiere imponer su historia o su punto de vista o las experiencias de los que conocen. Es el silencio del que ya no aspira a ser entendido. Quizá el silencio que consigue que los demás se sientan, de algún modo, más percibidos. Me pregunto si es por eso por lo que escribo, y me gustaría pensar que es así. Escribir porque no sé hablar. Callar porque no se oír. El silencio del dejar de ser.

2 comentarios:

Laura dijo...

Enhorabuena por tu blog y sobretodo por este post. Transmites muy bien lo más oscuro del ser, me ha emocionado leerte y por que no decirlo, he sentido camaradería en esas palabras.
Un abrazo

bwk dijo...

Jo. Me sorprende que me leas. ¡Muchas gracias! :-)