La luz entra por la ventana en segmentos perfectamente alineados
como descuidados lingotes dorados e incorpóreos,
nada como el agujero macizo entre el pecho y el abdomen de los habitantes de la habitación.
Sea la desazón esa alquimia que consigue transformar lo vaporoso en pesado sin necesidad del estado sólido
en lo que se convierte un espacio cuando faltan sus personajes,
o cómo retratan los objetos inertes una historia. La búsqueda del dónde entre exhalación e inspiración, el escondite del aire, su disolución.
Pero el espacio está ocupado – dos volúmenes invariables, principios de energía material en constante movimiento pero sin permutaciones.
Un campo yermo, y las piernas enterradas bajo el barro. Sólo un garrote y un cuerpo indefenso. No hay nadie salvo nosotros y tan sólo somos siluetas, unos trazos de pintura sobre la pared.
Dos figuras estáticas, los observadores de las consecuencias.
Crédulos y desconfiados, desmembrados, desdichos.
Porque el silencio es tangible y medimos las palabras a través de sus vacíos.
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