Las gaviotas circulan frenéticas sobre el cielo de la estación al atardecer.
Allí arriba también se libra una batalla.
Y qué pasaría si algún día todos los pájaros del cielo decidieran convertirse aves rapaces
entonces el cielo reflejaría la tierra.
Y preguntamos si en el batir de cada ala es donde se encuentra el nacimiento y muerte de una ráfaga de viento.
Somos los que vemos rostros en los charcos, manchas y siluetas de montañas. Los que paseamos bajo la lluvia haga frío o calor y nunca vemos formas en las nubes.
Somos los que sonreímos en soledad. Los que capturan un momento y olvidan lo acontecido.
Los que vemos a aquellos que se asoman a la calle y miramos al interior de las casas, como un pequeño museo personal. Los que olfateamos el insomnio de los pisos superiores a través de sus ventanas iluminadas.
Aquellos que un día abrimos los ojos adultos para darnos cuenta de que el tiempo transita, pero no se aprende. Los que un día miramos de otro modo a nuestros padres.
Descubrimos que cada atardecer era diferente y similar. Que el mismo golpe puede doler muchas veces y que el dolor se infringe irreflexivo.
Bajo un color raso siempre hace más frío y, aunque lo digas en una canción, no conozco a nadie cuyo color favorito sea el gris. Será el gris el color más nuestro, el más humano. El color al que no aspiran pero tienden los demás.
Seguimos siendo los que no llevamos reloj pero siempre sabemos la hora, rodeados de un lugar donde es más importante lo que no tienes que lo que te falta.
Las calles están asfaltadas, dicen, los caminos están hechos de barro y polvo. Nunca los trayectos estuvieron tan bien indicados. Debe hacer más fácil la elección, comentan.
Sabes que mienten, dijera. Pero no me quedan palabras.
Somos los que caímos del círculo y no supimos regresar. Y no quisimos regresar.
Los que estamos rodeados de cuerpos en movimiento.
Somos los que pusimos nuestra fe en otra persona y la observamos marchitar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario