sábado, 10 de marzo de 2012

Esqueletos.

Últimamente no me doy tiempo de pensar y las ideas se apelotonan en la parte frontal de mi cabeza, como lo hacen los nudos de mi pelo en la coleta. Así se compensa de alguna manera mi desorden personal, como Daniel Johnston y su ‘lost mind’. Hace unos días paseaba por la mañana, un domingo soleado y primaveral, y me crucé al girar una esquina con una persona de esas que viene de la noche anterior. Me reconocí en ella, como él se reconoció en mí. ¿Qué nos separan? ¿Unas horas? ¿Qué diminutas decisiones nos convierten en uno y otro? Era curioso reconocer su nocturnidad. Era un joven de los míos, de los que ya no lo son tanto, un poco más alto que yo, con una chaqueta negra y pantalones vaqueros oscuros. El pelo algo enmarañado, liso, con ganas ya de encontrarse con unas tijeras. Pero estaba borroso, como si estuviera difuminado en los bordes. Era su imprecisión la que le hacía reconocible como una criatura de la noche anterior. Me pregunto si no dormimos, ¿acabaríamos siendo transparentes? ¿Cuánto nos erosionan las experiencias?
La voz envejece. Eso es algo que no se puede esconder. Mientras estaba tumbada en la cama una tarde de entre semana, pensando si dejarme caer en el sueño o aprovechar cada segundo del tiempo en la acción, escuchaba una conversación de dos vecinos. No sabría decir con seguridad si venía del techo de la habitación contigua. Mi atención se desviaba, entrando y saliendo entre sus palabras. Pero lo que estaba claro es que uno era un chico joven y otra una señora mayor. ¿Tan sencillo es conocernos por nuestra voz? ¿Es inevitable que el tiempo que pasa se acumule en nuestro paladar y altere nuestras palabras? Me pregunto cómo sonaba mi voz hace años: diez, doce, quince –y si podría hablar con esa persona y decirle, ‘así es como sonará tu voz en el futuro, si no te gusta, si escuchas en ella desazón, inseguridad, desengaño o miedo, aún puedes cambiarla, aún puedes buscar otro camino’. Todos lo sabemos, pero no queremos darnos cuenta. Como nuestra voz cambia con el tiempo, poco a poco. Me imagino a ese Orson Welles adolescente, curtiendo su voz como un cocinero paciente a base de cafés y tabaco negro para sonar más mayor. Simplemente porque conocía la verdad de esa percepción, que si interpretaba a un veterano con suficiente convicción, la ficción acabaría convirtiéndose en la realidad.

Recuerdo que mi primera memoria clara sobre el sexo fue yendo en coche. Era un verano húmedo y conducíamos a media tarde por la pequeña carretera paralela a las vías del tren que llevaba de Whitehall al centro de Pittsburgh. Rodeada de vegetación cubierta de lianas, con su verde trópico amortiguado, y espolvoreada de algunas casas de madera y listones plastificados. Cada una con su coche roído en el jardín que le acompañaba: camionetas oxidadas, montañas de ruedas usadas, coches de importación japonesa de los 80. La equis del paso a nivel parpadeaba en rojo y se oía una sirena entumecida. Yo miraba el lado de la carretera, los pequeños arbustos con sus flores amarillas, los trocitos de asfalto que se convertían de camino a polvo. El camino hacia la puerta de la casa que estaba al lado de las vías, sus desniveladas losas de hormigón, los tres escalones húmedos y la puerta desconchada, de color blanco cansado. Levanté la mirada y miré por la ventana del primer piso. Estaba entreabierta, con el marco a medio bajar, las cortinas de color crema asomando por la ranura. Y ahí había un cuerpo desnudo, de pie, del que sólo podía ver la parte baja del torso y la parte superior de las piernas. Un cuerpo de hombre, delgado y fibroso, con el color del sol sobre la piel que yo imaginé repentinamente olía a sábanas y sudor. Sosegado y seguro en su intimidad, era un perfil que vi unos instantes, mientras las barreras se levantaban y el coche arrancaba con pereza. En ese momento le puse imagen a lo que imaginaba era el secreto que compartían dos personas que se amaban durante unos instantes. Una tarde estival, cargada, donde el viento entraba por las ventanas junto con los ondulantes rayos de sol dorado y donde la habitación cobra su propia vida de dolor, placer y necesidad.  Años después, cada vez que leía Bukowski o Kerouac me imaginaba allí, en esa habitación, con ese hombre que era, en mi memoria, solo torso y piernas.

Pero Sándor Márai tenía razón. Nos pasamos toda la vida intentando mantener una coartada. Es curioso como se han separado las cosas en el tiempo. En ese momento para mi esa imagen significaba un amor irremediable, destructor, como una marea desbordaba donde las horas se consumen en la llama de atardecer. Ahora me pregunto a veces en qué se parecen el amor y el sexo, que cuántas acciones hacen falta para construir la ilusión de la necesidad, en cuántos gestos repetimos con diferentes personas para convertirlas en la misma. Me pregunto si debería agotar todo el amor que me sea dado, en cualquiera de sus formas, solo porque nunca sé si nadie me lo volverá a ofrecer. Porque Sándor también habla de como vivo. Muriendo lentamente, de una forma educada, delicada, tranquila, burguesa. Por no poder darle a la vida un sentido nuevo, por no poder vivir con la sensación de no tener a nadie que me necesite, porque es imposible vivir sin la certeza de que en el mundo hay una persona para la que se es imprescindible.  Me pregunto cómo puedes aceptar el amor que no crees que mereces. Quizá sea demasiada la distancia entre lo que creemos que tenemos y lo que nos pertenece. Entre lo que pensamos que queremos dar y lo que ofrecemos.

Jose Luis hablaba entre bocados, con los palillos del restaurante japonés en la mano, bajo la luz amarillenta del pequeño foco que estaba sobre nuestras cabezas. ‘…sí, claro que creo en el amor verdadero. Es aquel que luego, mirando hacia atrás, decides que lo es’.  La pronunciación de una verdad. Porque Joselu hablaba de la necesidad de significado que tenemos cada uno, cómo transformamos lo que no supimos vivir en una historia, en un ejemplo del icono de la tragedia del amor. ¿Es tan caprichoso el amor que nos moldea con el peso del tiempo? ¿Se nos olvida que el amor puede reducirse simplemente a encontrar a alguien del que nunca te sientas avergonzado? ¿y cómo sería posible, si a los primeros que sofocamos, humillamos, deshonramos, mentimos y manipulamos es a nosotros mismos?

Y las historias se convierten unas en otras. Se hilvanan y enhebran, se entretienen con cada uno de nosotros. Hace dos noches paseaba por Blasco Ibañez y recordé con claridad una noche hace muchos años que volvía a casa, apenas haciendo ruido con las zapatillas sobre la gravilla del bulevar. Miraba el suelo, pero algo hizo que levantara la cabeza. Y dentro de uno de los coches que estaban tan bien aparcados, alineados y en orden había un señor durmiendo. Un señor como mi padre o el tuyo, normal, con una camisa y un jersey insulsos, detrás de una ventana plenamente visible, durmiendo en un acecho intranquilo. Había aparcado lejos de los semáforos, para que los viandantes no le vieran, y posiblemente yo fui la única persona que fue testigo de su sueño aquella noche. Una persona y su historia, que se habían convertido en un espacio vacío dentro de un coche a oscuras.  Años después, volvía de Atlanta hacía Tallahassee, un domingo de madrugada, tras la locura de ir a ver un concierto que no podía compartir con nadie.  Ebria de sueño, placer y soledad conducía por una carretera oscura, iluminada solamente por los focos del coche y algunas luces escasas de las casas que pasaba cada cierto tiempo. El recorrido recto y el destino borroso en la oscuridad.  Y pensé que conducíamos la misma oscuridad, y la misma carretera. Estábamos igual de solos. En ese preciso momento, en tiempos y lugares diferentes, éramos la misma persona.

Mientras tanto, en la habitación de ese verano de mi infancia, dos personas intentaban construirse puentes, chantajearse, se necesitados. Intentaban aferrarse a la compañía como olas chocando incesantemente contra un acantilado rocoso, sin saber que en verdad lo que hacían es forjar una mayor diferencia, es exponer que ambos lados de la batalla siempre salen ganando a través de la guerra. Y esas dos personas abrumadas y agotadas, luchando por encontrarse, desmenuzándose con afán, - como quien busca la explicación de un ser vivo entre sus entrañas y esqueleto- nunca estarían tan cerca. 

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