Recuerdo que mi primera memoria clara sobre el sexo fue yendo
en coche. Era un verano húmedo y conducíamos a media tarde por la pequeña
carretera paralela a las vías del tren que llevaba de Whitehall al centro de
Pittsburgh. Rodeada de vegetación cubierta de lianas, con su verde trópico
amortiguado, y espolvoreada de algunas casas de madera y listones plastificados.
Cada una con su coche roído en el jardín que le acompañaba: camionetas
oxidadas, montañas de ruedas usadas, coches de importación japonesa de los 80. La
equis del paso a nivel parpadeaba en rojo y se oía una sirena entumecida. Yo
miraba el lado de la carretera, los pequeños arbustos con sus flores amarillas,
los trocitos de asfalto que se convertían de camino a polvo. El camino hacia la
puerta de la casa que estaba al lado de las vías, sus desniveladas losas de
hormigón, los tres escalones húmedos y la puerta desconchada, de color blanco
cansado. Levanté la mirada y miré por la ventana del primer piso. Estaba
entreabierta, con el marco a medio bajar, las cortinas de color crema asomando
por la ranura. Y ahí había un cuerpo desnudo, de pie, del que sólo podía ver la
parte baja del torso y la parte superior de las piernas. Un cuerpo de hombre,
delgado y fibroso, con el color del sol sobre la piel que yo imaginé
repentinamente olía a sábanas y sudor. Sosegado y seguro en su intimidad, era
un perfil que vi unos instantes, mientras las barreras se levantaban y el coche
arrancaba con pereza. En ese momento le puse imagen a lo que imaginaba era el
secreto que compartían dos personas que se amaban durante unos instantes. Una
tarde estival, cargada, donde el viento entraba por las ventanas junto con los
ondulantes rayos de sol dorado y donde la habitación cobra su propia vida de
dolor, placer y necesidad. Años después,
cada vez que leía Bukowski o Kerouac me imaginaba allí, en esa habitación, con
ese hombre que era, en mi memoria, solo torso y piernas.
Pero Sándor Márai tenía razón. Nos pasamos toda la vida intentando
mantener una coartada. Es curioso como se han separado las cosas en el tiempo.
En ese momento para mi esa imagen significaba un amor irremediable, destructor,
como una marea desbordaba donde las horas se consumen en la llama de atardecer.
Ahora me pregunto a veces en qué se parecen el amor y el sexo, que cuántas
acciones hacen falta para construir la ilusión de la necesidad, en cuántos
gestos repetimos con diferentes personas para convertirlas en la misma. Me
pregunto si debería agotar todo el amor que me sea dado, en cualquiera de sus
formas, solo porque nunca sé si nadie me lo volverá a ofrecer. Porque Sándor
también habla de como vivo. Muriendo lentamente, de una forma educada,
delicada, tranquila, burguesa. Por no poder darle a la vida un sentido nuevo,
por no poder vivir con la sensación de no tener a nadie que me necesite, porque
es imposible vivir sin la certeza de que en el mundo hay una persona para la
que se es imprescindible. Me pregunto
cómo puedes aceptar el amor que no crees que mereces. Quizá sea demasiada la
distancia entre lo que creemos que tenemos y lo que nos pertenece. Entre lo que
pensamos que queremos dar y lo que ofrecemos.
Jose Luis hablaba entre bocados, con los palillos del
restaurante japonés en la mano, bajo la luz amarillenta del pequeño foco que
estaba sobre nuestras cabezas. ‘…sí, claro que creo en el amor verdadero. Es aquel
que luego, mirando hacia atrás, decides que lo es’. La pronunciación de una verdad. Porque Joselu
hablaba de la necesidad de significado que tenemos cada uno, cómo transformamos
lo que no supimos vivir en una historia, en un ejemplo del icono de la tragedia
del amor. ¿Es tan caprichoso el amor que nos moldea con el peso del tiempo? ¿Se
nos olvida que el amor puede reducirse simplemente a encontrar a alguien del
que nunca te sientas avergonzado? ¿y cómo sería posible, si a los primeros que sofocamos,
humillamos, deshonramos, mentimos y manipulamos es a nosotros mismos?
Y las historias se convierten unas en otras. Se hilvanan y
enhebran, se entretienen con cada uno de nosotros. Hace dos noches paseaba por
Blasco Ibañez y recordé con claridad una noche hace muchos años que volvía a
casa, apenas haciendo ruido con las zapatillas sobre la gravilla del bulevar.
Miraba el suelo, pero algo hizo que levantara la cabeza. Y dentro de uno de los
coches que estaban tan bien aparcados, alineados y en orden había un señor
durmiendo. Un señor como mi padre o el tuyo, normal, con una camisa y un jersey
insulsos, detrás de una ventana plenamente visible, durmiendo en un acecho
intranquilo. Había aparcado lejos de los semáforos, para que los viandantes no
le vieran, y posiblemente yo fui la única persona que fue testigo de su sueño
aquella noche. Una persona y su historia, que se habían convertido en un
espacio vacío dentro de un coche a oscuras. Años después, volvía de Atlanta hacía
Tallahassee, un domingo de madrugada, tras la locura de ir a ver un concierto
que no podía compartir con nadie. Ebria
de sueño, placer y soledad conducía por una carretera oscura, iluminada
solamente por los focos del coche y algunas luces escasas de las casas que pasaba
cada cierto tiempo. El recorrido recto y el destino borroso en la oscuridad. Y pensé que conducíamos la misma oscuridad, y
la misma carretera. Estábamos igual de solos. En ese preciso momento, en
tiempos y lugares diferentes, éramos la misma persona.
Mientras tanto, en la habitación de ese verano de mi
infancia, dos personas intentaban construirse puentes, chantajearse, se
necesitados. Intentaban aferrarse a la compañía como olas chocando incesantemente
contra un acantilado rocoso, sin saber que en verdad lo que hacían es forjar
una mayor diferencia, es exponer que ambos lados de la batalla siempre salen
ganando a través de la guerra. Y esas dos personas abrumadas y agotadas,
luchando por encontrarse, desmenuzándose con afán, - como quien busca la
explicación de un ser vivo entre sus entrañas y esqueleto- nunca estarían tan
cerca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario