jueves, 23 de febrero de 2012

Agotar el ámbito de lo posible

La gente no mira hacia atrás cuando anda. Haya siquiera alguno de esos monstruos que imaginábamos de pequeños tras nuestros pasos. O quizá es la imagen poética del fracaso, la del gesto furtivo de la mirada robada. No miramos hacia atrás, ni damos la vuelta para recuperar esas ocasiones perdidas, no nos preguntamos qué aspecto tienen las cosas en su sentido inverso. Habremos perdido la capacidad de reacción, o tendremos miedo de la posibilidad del desconcierto. Pero hay que andar siempre hacia delante, aunque sea como uno de esos dibujos de individuos vestidos con grilletes de una gran bola de hierro oscurecido – el peso del desarrollo, allanando nuestros pasos, convirtiendo la curiosidad en enfermedad y la nostalgia en miseria.

No miramos hacia atrás y no recordamos el dolor. Recordamos la idea del dolor, el malestar y lo que genera. Pero no, no nos es posible vivir el dolor cuando no nos es infligido. Eso hace mucho más sencillo el olvido. Y la incapacidad de la empatía. Y el uróboros de nuestras historias personales, que nunca fueran tan bonitas como las escamas de un dragón, ni tan épicas, ni tan destructoras. Es pequeño el compartimento donde me hallo, pequeño. Tan pequeño como el tuyo, el de al lado, el de más allá. Todos tirando de la misma cuerda con secretos que esconder y esperando el trozo más grande de la apuesta que desconocemos. Haremos todos como ese Píndaro que citaba Camus ‘No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible.’ Porque para agotar hay que hacer, y repetir, y volver a quebrar y volver a repetir y romper y estropear, y contaminar, y repetir. Hasta que no quede nada. ¿No es vivir una destrucción encaminada? Desde el mismo momento en que empezamos a vivir, estamos muriendo.

Y pienso, desde mi montaña, viendo las vistas. Escasos árboles a medio crecer, un pantano congelado cubierto de ilusos guijarros que fueron arrojados con ahínco por personas como yo, inclinados hacia el desorden de la destrucción. Con el ruido acristalado que repica en el agua escarchada que apenas algunos escucharán. Con el frío en los dedos de los pies, entumecidos, confundidos entre la sensación de dolor y de desaparición. Pienso en mi tiempo de contornos y mitades. En mi no-hacer y en la quietud justa de la mezcla de la lógica y el miedo de la pasión.

Y creo que no quiero ser nunca nada, porque entonces siempre se compite con lo sido, con lo que podría ser, con lo que se esperaba conseguir, con lo se supone justo. Y olvidaría lo que realmente soy, que aún desconozco. 

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