La gente no mira hacia atrás cuando anda. Haya siquiera alguno de
esos monstruos que imaginábamos de pequeños tras nuestros pasos. O quizá es la
imagen poética del fracaso, la del gesto furtivo de la mirada robada. No
miramos hacia atrás, ni damos la vuelta para recuperar esas ocasiones perdidas,
no nos preguntamos qué aspecto tienen las cosas en su sentido inverso. Habremos
perdido la capacidad de reacción, o tendremos miedo de la posibilidad del
desconcierto. Pero hay que andar siempre hacia delante, aunque sea como uno de
esos dibujos de individuos vestidos con grilletes de una gran bola de hierro
oscurecido – el peso del desarrollo, allanando nuestros pasos, convirtiendo la
curiosidad en enfermedad y la nostalgia en miseria.
No miramos hacia atrás y no recordamos el dolor. Recordamos la
idea del dolor, el malestar y lo que genera. Pero no, no nos es posible vivir
el dolor cuando no nos es infligido. Eso hace mucho más sencillo el olvido. Y
la incapacidad de la empatía. Y el uróboros de nuestras historias personales,
que nunca fueran tan bonitas como las escamas de un dragón, ni tan épicas, ni
tan destructoras. Es pequeño el compartimento donde me hallo, pequeño. Tan
pequeño como el tuyo, el de al lado, el de más allá. Todos tirando de la misma
cuerda con secretos que esconder y esperando el trozo más grande de la apuesta
que desconocemos. Haremos todos como ese Píndaro que citaba Camus ‘No te afanes, alma mía, por una vida
inmortal, pero agota el ámbito de lo posible.’ Porque para agotar hay que hacer, y repetir, y
volver a quebrar y volver a repetir y romper y estropear, y contaminar, y
repetir. Hasta que no quede nada. ¿No es vivir una destrucción encaminada?
Desde el mismo momento en que empezamos a vivir, estamos muriendo.
Y pienso, desde mi montaña, viendo
las vistas. Escasos árboles a medio crecer, un pantano congelado cubierto de
ilusos guijarros que fueron arrojados con ahínco por personas como yo, inclinados
hacia el desorden de la destrucción. Con el ruido acristalado que repica en el
agua escarchada que apenas algunos escucharán. Con el frío en los dedos de los
pies, entumecidos, confundidos entre la sensación de dolor y de desaparición.
Pienso en mi tiempo de contornos y mitades. En mi no-hacer y en la quietud
justa de la mezcla de la lógica y el miedo de la pasión.
Y creo que no quiero ser nunca nada, porque entonces siempre se
compite con lo sido, con lo que podría ser, con lo que se esperaba conseguir,
con lo se supone justo. Y olvidaría lo que realmente soy, que aún desconozco.

No hay comentarios:
Publicar un comentario