Llevaré unos tres minutos en este puente. Antes contaba cada instante, pero ahora ya no lo hago. El tiempo es diferente cuando te haces
mayor. Ya no importa. Ya no puedes planear una cosa detrás de otra, porque
nunca sabes cuando acabarás la primera. Antes veía las espaldas de los jóvenes
que me adelantaban y odiaba sus tacones repiqueteantes, sus zapatillas gomosas
y sus zapatos rechinantes. Ahora dejo que todo me entretenga mientras ando. El
cielo coloreándose de ocres, las grúas moviéndose como insectos gigantes a través de las entrañas de la ciudad, los coloridos discursos que entonan los escaparates.
Ahora soy invisible. Si alguien me mira es por el espacio
que ocupo, pero no por la persona que soy. Me pregunto por qué me preocupaba
tanto de parecer lo que pensaba que tenía que ser en vez de simplemente vivir. Ahora llevo la ropa que puedo ponerme:
zapatillas, pantalones de pana que se escurren bajo mi cintura y que aprieto con un
austero cinturón, camisas a rayas – un ejército de ellas – que siempre acaban
manchadas. Me crece pelo en sitios donde ni siquiera sabía que
podía crecer y en la cabeza apenas me quedan un par de hebras. Mis gestos son lentos
y ni siquiera mi voz va a la velocidad que espero de ella. Me sorprendo a mí
mismo parado cuando quiero estar en movimiento. Tengo dolores constantes, con
los que pensaba que no podría convivir, pero que ahora incluso consigo olvidar
en algunos momentos.
Veo muchas cosas pasar a esta velocidad. Veo puñados de
jóvenes hablando a las pantallas que llevan entre manos en vez de entre ellos.
Y mujeres de mediana edad que están más preocupadas de los kilos que ganan y
pierden que de la cautividad del atardecer. Veo madres que olvidan que sus hijos
pueden ser disfrutados además de regañados. Veo hombres cogidos de la mano de
mujeres a las que no miran. Estoy aletargado, pero no dormido.
Quisiera decirles que un día muy cercano abrirán los ojos y
no tendrán nada. Y todo lo que pensaban que era tan importante, en verdad es
inasible. Nadie quiere a las personas que no se valen solas. Dejamos de ser
individuos para ser obligaciones. Quisiera decirles que besen a las personas
que aman, y duerman con ellas y acaricien su piel mientras sea suave. Que no se
enfaden nunca por lo que piensan los demás, porque acabarán siendo igual de
invisibles que ellos. Que no desperdicien algo hermoso por una inercia. Que el
tiempo que pasan solos es un entrenamiento para el largo camino entre el ocaso
y la noche, así que deberían disfrutar de cada momento que están acompañados y
compartirlo sólo con personas que les hagan sentir bien.
Pero sé que nunca me escucharían. Verían mis labios moverse,
y no entenderían mis palabras. Al igual que yo hice cuando era ellos. Tengo las
respuestas, conozco la dulzura de la sencillez. Empiezo a distinguir lo superfluo
de las pequeñas cosas, aquellas que son importantes. La satisfacción de un
nuevo paso. La frescura de una ráfaga de aire que se ha colado entre las
murallas de cemento de la ciudad. El reflejo imposible de las nubes cobrizas volando
en las paredes de cristal del edificio al otro lado del puente. El olor de una
mujer que me adelanta silenciosa.
Paro un instante. Me ajunto el cinturón y el sombrero. Miro
a mí alrededor, con pausa. Me quedan unos pasos tan sólo. Habré cruzado otro
puente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario