jueves, 31 de mayo de 2012

Parado cuando quiero estar en movimiento


Llevaré unos tres minutos en este puente. Antes contaba cada instante, pero ahora ya no lo hago. El tiempo es diferente cuando te haces mayor. Ya no importa. Ya no puedes planear una cosa detrás de otra, porque nunca sabes cuando acabarás la primera. Antes veía las espaldas de los jóvenes que me adelantaban y odiaba sus tacones repiqueteantes, sus zapatillas gomosas y sus zapatos rechinantes. Ahora dejo que todo me entretenga mientras ando. El cielo coloreándose de ocres, las grúas moviéndose como insectos gigantes a través de las entrañas de la ciudad, los coloridos discursos que entonan los escaparates.

Ahora soy invisible. Si alguien me mira es por el espacio que ocupo, pero no por la persona que soy. Me pregunto por qué me preocupaba tanto de parecer lo que pensaba que tenía que ser en vez de simplemente vivir.  Ahora llevo la ropa que puedo ponerme: zapatillas, pantalones de pana que se escurren bajo mi cintura y que aprieto con un austero cinturón, camisas a rayas – un ejército de ellas – que siempre acaban manchadas. Me crece pelo en sitios donde ni siquiera sabía que podía crecer y en la cabeza apenas me quedan un par de hebras. Mis gestos son lentos y ni siquiera mi voz va a la velocidad que espero de ella. Me sorprendo a mí mismo parado cuando quiero estar en movimiento. Tengo dolores constantes, con los que pensaba que no podría convivir, pero que ahora incluso consigo olvidar en algunos momentos.

Veo muchas cosas pasar a esta velocidad. Veo puñados de jóvenes hablando a las pantallas que llevan entre manos en vez de entre ellos. Y mujeres de mediana edad que están más preocupadas de los kilos que ganan y pierden que de la cautividad del atardecer. Veo madres que olvidan que sus hijos pueden ser disfrutados además de regañados. Veo hombres cogidos de la mano de mujeres a las que no miran. Estoy aletargado, pero no dormido.

Quisiera decirles que un día muy cercano abrirán los ojos y no tendrán nada. Y todo lo que pensaban que era tan importante, en verdad es inasible. Nadie quiere a las personas que no se valen solas. Dejamos de ser individuos para ser obligaciones. Quisiera decirles que besen a las personas que aman, y duerman con ellas y acaricien su piel mientras sea suave. Que no se enfaden nunca por lo que piensan los demás, porque acabarán siendo igual de invisibles que ellos. Que no desperdicien algo hermoso por una inercia. Que el tiempo que pasan solos es un entrenamiento para el largo camino entre el ocaso y la noche, así que deberían disfrutar de cada momento que están acompañados y compartirlo sólo con personas que les hagan sentir bien.

Pero sé que nunca me escucharían. Verían mis labios moverse, y no entenderían mis palabras. Al igual que yo hice cuando era ellos. Tengo las respuestas, conozco la dulzura de la sencillez. Empiezo a distinguir lo superfluo de las pequeñas cosas, aquellas que son importantes. La satisfacción de un nuevo paso. La frescura de una ráfaga de aire que se ha colado entre las murallas de cemento de la ciudad. El reflejo imposible de las nubes cobrizas volando en las paredes de cristal del edificio al otro lado del puente. El olor de una mujer que me adelanta silenciosa.

Paro un instante. Me ajunto el cinturón y el sombrero. Miro a mí alrededor, con pausa. Me quedan unos pasos tan sólo. Habré cruzado otro puente. 

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