Llevaba un arma en el bolsillo, y la llevaba desde la primera vez que le vi, en el Starbucks de Tennessee Avenue, con su compañero de trabajo, después de que Jessica me hubiera dado su teléfono porque buscaba un maestro de inglés. Debió parecerle sospechoso que una española universitaria quisiera darles clases gratis, de inglés. Pero esa no es la historia de hoy. La de hoy habla de ‘trocas y mujeres’. Porque Tony llevaba una pistola en el bolsillo desde que tuvo una pelea con el hermano de su mujer. Eran socios y trabajaban juntos en una pequeña constructora. Ninguno de los dos tenía papeles para hacer las cosas legalmente, así que ambos estaban al servicio de un tercer socio. Tony llevaba tiempo pensando en dejarse la empresa y había empezado ya a lanzar algunos anzuelos con sus clientes, para saber cómo iría la contratación si se independizaba. Ninguno de los dos era especialmente formal en su trabajo pero Tony aspiraba a algo más, así que intentaba parecerlo. El hermano de su mujer no. Acababa de llegar de El Salvador unos meses antes y estaba aún creando una red de contactos con otros expatriados, a base de cervezas, restaurantes mexicanos, la panadería salvadoreña que estaba cerca de Wallmart y barbacoas repletas de buena carne y muchas latas de Four Loko. Esa era una de las razones por las que Tony quería recibir clases de inglés – llevaba cuatro años viviendo en Florida, pero no había necesitado saber comunicarse en otro idioma que no fuera el español hasta ahora. Si no podía convencer a sus clientes en inglés, tendría que volver a contar con un socio en que no confiaría.
El hermano de su mujer volvió muy
borracho a casa. Su mujer se llama Emma, pero del hermano nunca supe el nombre.
En ese momento el hermano aún vivía en el ‘trailer’ de Tony, con dos de sus
hijos, porque la mediana aún no había entrado en EEUU desde El Salvador. Tony
no me contó si ellos también habían estado bebiendo, pero me imagino a Emma
manoseando unas pupusas en la zona de la cocina, y a los dos niños bebiendo esa
cebada de un color rosa imposible frente a la tele, en su pequeño salón repleto
de fotografías, con dos sofás cubiertos de un tapizado clásico de colores
sobrios y donde siempre veía alguna pequeña cucaracha cuando estaba dándoles
clase. Era de noche, y el hermano de su mujer empezó desde la ‘troca’ a
insultar a Tony. Le tenía envidia. Tenía envidia de lo que había conseguido,
aunque no era casi nada. Quería dejar de trabajar con él porque quería destruir
a esa persona que consideraba mejor que él. A ese salvadoreño bajito, que era sistemáticamente
infiel con la mirada, que tenía una familia propia y ambos padres todavía con
vida, que era sorprendentemente emprendedor y satisfecho a la vez. Le increpaba
desde fuera: había encontrado otra compañía de construcción donde trabajar, se
llevaría a su hermana para siempre si le volvía a poner celosa, le iba a quemar
la troca. Sus nuevos amigos se reían dentro de la camioneta. Imagino sus
dientes blancos y sus ojos entornados en la oscuridad del automóvil cerrado.
No sé qué hizo Tony. No era una
persona especialmente brillante, pero era sensato. No era algo que supiera por como
se comportaba en las clases, sino por las sesiones de terapia que compartíamos
en la camioneta cuando me dejaba en casa cada noche. Se turnaban, Emma y él.
Así ambos podían compartir sus miedos, inseguridades y penas con alguien que
les era ajeno y pasajero. Tony pensaba las cosas antes de hacerlas, pero si me
preguntaras antes de hablar con él, no sabría decirte si no sé si salió o no esa noche. El orgullo es
un arma poderosa para la temeridad. No sé si Emma agarraría a los niños porque
tendría miedo, o se plantaría de pie en el salón, segura de que saldría ilesa
en caso de una confrontación. Porque decidir quién es realmente tu familia es
muy difícil. Lo que sí sé es que los gritos acabaron en un disparo, sin salir
de la camioneta, al lateral del tráiler. Un disparo al pequeño porche donde se
amontonaban las bicicletas de los niños, una barbacoa usada y un mueblo roto
que estaba por desmontar.
Aún recuerdo claramente como era
el tráiler park, con sus calles
cuadriculadas donde los remolques con ruedas en desuso ocupan un pequeño
espacio de tierra donde se hacinan coches, sofás envejecidos por el aire y
juguetes sembrados por la hierba pisoteada. Un montón de tipos negros que
miraban con recelo a cualquier que no fuera de su color hasta reconocerlo como
vecino. Un control de seguridad en la entrada, con un joven veinteañero disfrazado
de agente, que paraba algunos coches al azar para hacer una caricaturesca
revisión de armas y drogas. Esa noche sonó un disparo. Me pregunto a cuántas
personas sorprendió realmente.
Lo que sí sé es que Tony se quedó
dentro del remolque. ¿Le agarraría Emma por el brazo, suplicándole que no
saliera? ¿Estaría abrazando a sus dos hijos, susurrándoles que todo iba a salir
bien, que no iba a pasar nada? ¿Se sentiría avergonzado de no tener un arma
para poder enfrentarse al hermano de su mujer? A la mañana siguiente Tony fue a
comprarse una pistola y la llevaba en el bolsillo. El hermano de Emma nunca
había vuelto a la casa o al trabajo. Pero vivían en la misma ciudad y
frecuentaban los mismos sitios. Algún día se encontrarían. ¿Podría matar Tony
al hermano de su mujer - la única
familia que le quedaba tras la muerte de su madre?
Eso pienso mientras paseo por los
pasillos del supermercado. Me cruzo con gente que mete sus bolsas de patatas
fritas en el carro, que discuten con sus hijos sobre una chocolatina, que miran
un par de veces el precio de los diferentes paquetes de pasta para decidir cuál
llevarse a casa. Llevan ropa normal, se preocupan de nimiedades, piensan en
cómo vivir mejor. Se parecen a mí. Pero cualquiera de ellos podría estar pensando
que quizá, al girar el pasillo, alguien quiere matarle. Cualquiera de ellos
podría llevar una pistola en el bolsillo.
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