viernes, 20 de abril de 2012

En el supermercado

Llevaba una pistola en el bolsillo. No se veía, pero me la había enseñado durante unos instantes. Era plateada, del tamaño de la palma de la mano. No recuerdo con claridad los detalles, ni conozco nada de calibres, modelos y funcionamiento más allá de los diálogos que pueda escuchar en las series policiacas que veo al anochecer, cuando no quiero pensar demasiado. Esas historias casi siempre acaban bien.

Llevaba un arma en el bolsillo, y la llevaba desde la primera vez que le vi, en el Starbucks de Tennessee Avenue, con su compañero de trabajo, después de que Jessica me hubiera dado su teléfono porque buscaba un maestro de inglés. Debió parecerle sospechoso que una española universitaria quisiera darles clases gratis, de inglés.  Pero esa no es la historia de hoy. La de hoy habla de ‘trocas y mujeres’. Porque Tony llevaba una pistola en el bolsillo desde que tuvo una pelea con el hermano de su mujer. Eran socios y trabajaban juntos en una pequeña constructora. Ninguno de los dos tenía papeles para hacer las cosas legalmente, así que ambos estaban al servicio de un tercer socio. Tony llevaba tiempo pensando en dejarse la empresa y había empezado ya a lanzar algunos anzuelos con sus clientes, para saber cómo iría la contratación si se independizaba. Ninguno de los dos era especialmente formal en su trabajo pero Tony aspiraba a algo más, así que intentaba parecerlo. El hermano de su mujer no. Acababa de llegar de El Salvador unos meses antes y estaba aún creando una red de contactos con otros expatriados, a base de cervezas, restaurantes mexicanos, la panadería salvadoreña que estaba cerca de Wallmart y barbacoas repletas de buena carne y muchas latas de Four Loko. Esa era una de las razones por las que Tony quería recibir clases de inglés – llevaba cuatro años viviendo en Florida, pero no había necesitado saber comunicarse en otro idioma que no fuera el español hasta ahora. Si no podía convencer a sus clientes en inglés, tendría que volver a contar con un socio en que no confiaría.

El hermano de su mujer volvió muy borracho a casa. Su mujer se llama Emma, pero del hermano nunca supe el nombre. En ese momento el hermano aún vivía en el ‘trailer’ de Tony, con dos de sus hijos, porque la mediana aún no había entrado en EEUU desde El Salvador. Tony no me contó si ellos también habían estado bebiendo, pero me imagino a Emma manoseando unas pupusas en la zona de la cocina, y a los dos niños bebiendo esa cebada de un color rosa imposible frente a la tele, en su pequeño salón repleto de fotografías, con dos sofás cubiertos de un tapizado clásico de colores sobrios y donde siempre veía alguna pequeña cucaracha cuando estaba dándoles clase. Era de noche, y el hermano de su mujer empezó desde la ‘troca’ a insultar a Tony. Le tenía envidia. Tenía envidia de lo que había conseguido, aunque no era casi nada. Quería dejar de trabajar con él porque quería destruir a esa persona que consideraba mejor que él. A ese salvadoreño bajito, que era sistemáticamente infiel con la mirada, que tenía una familia propia y ambos padres todavía con vida, que era sorprendentemente emprendedor y satisfecho a la vez. Le increpaba desde fuera: había encontrado otra compañía de construcción donde trabajar, se llevaría a su hermana para siempre si le volvía a poner celosa, le iba a quemar la troca. Sus nuevos amigos se reían dentro de la camioneta. Imagino sus dientes blancos y sus ojos entornados en la oscuridad del automóvil cerrado.

No sé qué hizo Tony. No era una persona especialmente brillante, pero era sensato. No era algo que supiera por como se comportaba en las clases, sino por las sesiones de terapia que compartíamos en la camioneta cuando me dejaba en casa cada noche. Se turnaban, Emma y él. Así ambos podían compartir sus miedos, inseguridades y penas con alguien que les era ajeno y pasajero. Tony pensaba las cosas antes de hacerlas, pero si me preguntaras antes de hablar con él, no sabría decirte si  no sé si salió o no esa noche. El orgullo es un arma poderosa para la temeridad. No sé si Emma agarraría a los niños porque tendría miedo, o se plantaría de pie en el salón, segura de que saldría ilesa en caso de una confrontación. Porque decidir quién es realmente tu familia es muy difícil. Lo que sí sé es que los gritos acabaron en un disparo, sin salir de la camioneta, al lateral del tráiler. Un disparo al pequeño porche donde se amontonaban las bicicletas de los niños, una barbacoa usada y un mueblo roto que estaba por desmontar.

Aún recuerdo claramente como era el tráiler park, con sus calles cuadriculadas donde los remolques con ruedas en desuso ocupan un pequeño espacio de tierra donde se hacinan coches, sofás envejecidos por el aire y juguetes sembrados por la hierba pisoteada. Un montón de tipos negros que miraban con recelo a cualquier que no fuera de su color hasta reconocerlo como vecino. Un control de seguridad en la entrada, con un joven veinteañero disfrazado de agente, que paraba algunos coches al azar para hacer una caricaturesca revisión de armas y drogas. Esa noche sonó un disparo. Me pregunto a cuántas personas sorprendió realmente.

Lo que sí sé es que Tony se quedó dentro del remolque. ¿Le agarraría Emma por el brazo, suplicándole que no saliera? ¿Estaría abrazando a sus dos hijos, susurrándoles que todo iba a salir bien, que no iba a pasar nada? ¿Se sentiría avergonzado de no tener un arma para poder enfrentarse al hermano de su mujer? A la mañana siguiente Tony fue a comprarse una pistola y la llevaba en el bolsillo. El hermano de Emma nunca había vuelto a la casa o al trabajo. Pero vivían en la misma ciudad y frecuentaban los mismos sitios. Algún día se encontrarían. ¿Podría matar Tony al hermano de su mujer  - la única familia que le quedaba tras la muerte de su madre? 

Eso pienso mientras paseo por los pasillos del supermercado. Me cruzo con gente que mete sus bolsas de patatas fritas en el carro, que discuten con sus hijos sobre una chocolatina, que miran un par de veces el precio de los diferentes paquetes de pasta para decidir cuál llevarse a casa. Llevan ropa normal, se preocupan de nimiedades, piensan en cómo vivir mejor. Se parecen a mí. Pero cualquiera de ellos podría estar pensando que quizá, al girar el pasillo, alguien quiere matarle. Cualquiera de ellos podría llevar una pistola en el bolsillo. 

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