Las semejanzas están ahí, no obstante. Los rostros de los
que están a punto de morir. El ejercito, como una masa incorpórea de uniformes
que desgranan la individualidad en uniformidad. El espacio es diferente, pero
el mensaje es el mismo. Y hay dos cosas que me intrigan del ciclópeo tapiz. Uno
de ellos es el gesto del monje que ata la venda sobre el rostro de uno de los
condenados. Suya es la única expresión que realmente reconocemos como nuestra.
La cotidianeidad del esfuerzo de una acción irrelevante. En un ligero segundo
plano, con sus párpados apocados, y la atención centrada en su nudo. Ante él,
una colección de rostros compungidos, trágicos, desesperados, sobrios. Una
colección de rostros que resultan
teatrales, pero con que no nos podemos sentir identificados. ¿Cuál elegirías
como tuyo en el momento de la muerte? La realidad de la escena se esconde en
ese monje desconocido.
Porque la segunda cosa intrigante es esa mano que se adentra
en la escena desde nuestro espacio. Un pequeño pedazo de algo que fue un ser
vivo hace unos instantes. Raído sombrero de copa y mano sin vida sobre la arena. Un
monje que se afana en acabar un nudo más de tantos que habrá atado una mañana
de fusilamiento sin juicio. La mano desnuda, entrecerrando el puño, bajo la
piel desnuda cubierta por una sandalia de los pies del monje. Y nosotros
estamos fuera de la escena, situados junto a ese cuerpo que no vemos. Gisbert
nos pregunta. ¿Sómos los fusiladores, somos los cadáveres? Acaso al observar formamos
parte de esos monjes, cómplices de la injusticia. ¿Serán ellos también los que,
minutos después, recogerán los cuerpos de la arena? Victima, verdugo o cómplice.
Me pregunto si es por la misma razón por la que pensamos que
la belleza es inocente y las cosas que compramos nuevas están limpias. Si es
por ello que pensamos que lo que ya ha sucedido era inevitable. Si olvidamos
que dejar pasar te hace tan culpable como el actante de las tragedias que luego
leeremos como literatura cada mañana. Imagino los atardeceres alargando sus
sombras sobre la tierra cada día como lágrimas cayendo sobre una tierra
enmudecida del horror de sus habitantes.
Puedo mirar el movimiento del oleaje. Cerrar los ojos y
escuchar el mar acariciar la arena. Puedo levantar la vista y reconocer un
plácido pueblo de casitas blancas al fondo de la bahía. Tocar la silueta de las
montañas que se alzan como fantasmas en el horizonte. Pero en este lado del
lienzo estamos todos muertos.
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