domingo, 8 de julio de 2012

Not looking doesn't make crimes happen any less

Estoy en el Prado, de nuevo, y me he escapado del grupo que persigue perezosamente el conocimiento a través de los alargados pasillos. He venido a mi espacio favorito. Las salas dedicadas al arte del Siglo XIX que tanto tiempo habían estado escondidas en los sótanos del museo y que ahora presiden unas austeras salas de la planta baja. Son como uno imagina cuando niño que debe de ser el arte, titánicos lienzos históricos. Uno de mis favoritos es el de Antonio Gisbert Pérez; aquel llamado ‘El fusilamiento de Torrijos en las Playas de Málaga’. Y me imagino esta obra siendo la versión elegante del 2 y 3 de mayo de Goya. Mismo rey, misma tragedia del despropósito de la autoridad. La diferencia mayor: los trazos desordenados y emotivos de uno, implicado históricamente en la escena que ilustra – la elegancia patética del otro, elaborando una escena desde la distancia. Siempre fue más fácil reconocer los errores y acusarlos en un tiempo pasado.

Las semejanzas están ahí, no obstante. Los rostros de los que están a punto de morir. El ejercito, como una masa incorpórea de uniformes que desgranan la individualidad en uniformidad. El espacio es diferente, pero el mensaje es el mismo. Y hay dos cosas que me intrigan del ciclópeo tapiz. Uno de ellos es el gesto del monje que ata la venda sobre el rostro de uno de los condenados. Suya es la única expresión que realmente reconocemos como nuestra. La cotidianeidad del esfuerzo de una acción irrelevante. En un ligero segundo plano, con sus párpados apocados, y la atención centrada en su nudo. Ante él, una colección de rostros compungidos, trágicos, desesperados, sobrios. Una colección de rostros  que resultan teatrales, pero con que no nos podemos sentir identificados. ¿Cuál elegirías como tuyo en el momento de la muerte? La realidad de la escena se esconde en ese monje desconocido.

Porque la segunda cosa intrigante es esa mano que se adentra en la escena desde nuestro espacio. Un pequeño pedazo de algo que fue un ser vivo hace unos instantes. Raído sombrero de copa y mano sin vida sobre la arena. Un monje que se afana en acabar un nudo más de tantos que habrá atado una mañana de fusilamiento sin juicio. La mano desnuda, entrecerrando el puño, bajo la piel desnuda cubierta por una sandalia de los pies del monje. Y nosotros estamos fuera de la escena, situados junto a ese cuerpo que no vemos. Gisbert nos pregunta. ¿Sómos los fusiladores, somos los cadáveres? Acaso al observar formamos parte de esos monjes, cómplices de la injusticia. ¿Serán ellos también los que, minutos después, recogerán los cuerpos de la arena? Victima, verdugo o cómplice.

Me pregunto si es por la misma razón por la que pensamos que la belleza es inocente y las cosas que compramos nuevas están limpias. Si es por ello que pensamos que lo que ya ha sucedido era inevitable. Si olvidamos que dejar pasar te hace tan culpable como el actante de las tragedias que luego leeremos como literatura cada mañana. Imagino los atardeceres alargando sus sombras sobre la tierra cada día como lágrimas cayendo sobre una tierra enmudecida del horror de sus habitantes.

Puedo mirar el movimiento del oleaje. Cerrar los ojos y escuchar el mar acariciar la arena. Puedo levantar la vista y reconocer un plácido pueblo de casitas blancas al fondo de la bahía. Tocar la silueta de las montañas que se alzan como fantasmas en el horizonte. Pero en este lado del lienzo estamos todos muertos.

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