Pero los
años pasaron y ella olvidó que nunca se puede ser lo suficientemente bueno para
aquél a quien amas. Y las horas entre raíles de tela fueron mermadas porque
siempre hay algo que hacer que tiene más valor que un sueño. Paseábamos aún
entre los puestos cada viernes, pero apenas tenía tiempo de hendir sus dedos en
los sacos de colores. Compraba cosas que
necesitaba pero no deseaba, y cosas que no necesitaba pero que deseaban otros.
Y la lluvia seguía cayendo lentamente sobre la techumbre sobre la que iban
creciendo poco a poco bosques húmedos de sueños sin raíces. Y ahora muere todos los días un poco, sentada
frente a una ventana que no da al mar, en una habitación llena de gente.
martes, 16 de octubre de 2012
El barco volador
Sólo que
nunca lo hizo. Siempre me contó que quería tejer un barco. Con un punto certero
y cerrado, que tejería un barco de cientos de colores. La lana sería suave y caliente.
El caparazón sería tan perfecto que era inevitable que el barco flotara en el
agua, desafiando las olas, una luz en la niebla de los océanos. Pero si no
flotaba, no pasaría nada. Lo colgaría de una de las tejas de su casita, bajo
ese cielo gris que casi todas las tardes desbordaba una fina lluvia, y
surcaría el horizonte como un albatros
lanzándose hacia el vacío del agua. Tejía cada día un poco, para poder hacer el
punto certero en el momento de botar su nave. Y buscaba el ovillo perfecto en
cada pequeño mercado que visitaba: un cobijo luminoso donde esconder su sueño.
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