lunes, 23 de febrero de 2009

I'm Not Yours To Save

Me gusta andar por la ciudad de noche, porque no hay nadie por la calle. Es como una ciudad desierta y me parece algo guasón ver como todos hacemos las mismas cosas en el mismo orden y el patrón por el que estamos cortados. Algunas ventanas están iluminadas y puedo ver lámparas, televisiones, libros, fotografías y grandes armarios que cubren paredes. Como dice Rome ‘Remember you’re unique, just like anybody else’. Y me encanta la calle San Vicente. Recuerdo una de las primeras veces que anduve por ella, al llegar a Valencia. Me encanta ver su gloria en decadencia. Las casas ricas y adornadas, aunque manteniendo un cierto tono austero por su construcción al lado de fábricas, que ahora están abandonadas. Los detalles de su construcción: las piezas de cerámica, el trabajo de forja tan arduo, los grandes ventanales – y los detalles de su ocaso: la decrepitud, las piezas que faltan, las habitaciones quemadas, las ventanas tapiadas. Y las grades fábricas que las rodean, con sus parques imposibles donde ahora en alguno, y de pura casualidad, hay un coche aparcado de un guarda indiferente. Y hay un árbol, una de esas magnolias exuberantes, cubriendo descaradamente la esquina de un almacén abandonado. Y hay una fábrica con un gran ventanal que se ha arqueado hacia adentro, imagino que algún día de mucho viento y lluvia, dejando sus hierros retorcidos como huesos rotos. Y lo miro en googlemaps y me siento como una espía, como si desnudara su extraña belleza para convertirla en geometría, líneas y rectángulos. Y hay una ventana encendida, muy alta, que deja que la fría luz blanca de un neón ilumine con rapacidad el triángulo que crea el edificio. Mis pasos resuenan sobre la acera, y sé que me pongo en peligro, porque la calle está vacía, el ipod está alto y no estoy prestando atención; pero me siento extrañamente invulnerable, como imagino que lo hacemos todos, momento tras momento, mientras pasa el tiempo inexorablemente. Querría cerrar los ojos y apretar los puños fuertemente y al abrirlos estar en un lugar como una de esas películas de época, de color amarillento, donde la gente se mueve a trompicones y los carruajes circulan sobre una avenida sin pavimentar. Ver los movimientos de los constructores, y como uno de ellos pasa su mano con amor y orgullo por una de las paredes recién lucidas y luego se gira hacia mí. Y parpadeo y vuelve a ser de noche y los edificios vuelven a estar vacíos y abandonados y me gustaría ser una de esas personas que escribe frases de azucarillos como ‘la muerte está tan segura de su victoria que deja toda una vida de ventaja’ o ‘si el mundo te da limones, haz limonada’…. Pero no lo soy, y no sé cómo expresar la sensación de que los deseos y propósitos de unos se convierten tan rápidamente en el olvido de los otros que casi me da un escalofrío. ‘Why are we afraid?’ decía en Herbszeitlose y, por cierto, creo que Rome es uno de los mejores letrista que conozco. Creo que lo sé. Miedo a no haber hecho nada; a que nada haya importado, a que las cosas nobles no lo hayan sido, a que el amor haya estado bruñido, los deseos manipulados y la amistad usurada. A que mañana tenga tan poco sentido como hoy y por lo tanto hoy, ayer y mañana estén rebosando el mismo peso cargado del sinsentido. Todos podemos aspirar a algo que valga la pena; a los grandes ideales, a mantener las promesas que hacemos, a convertirnos en aquello que realmente queremos ser. La única contrariedad es conseguirlo.

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