miércoles, 18 de febrero de 2009

Naufragio

En Cambodia ajustician a quienes mataron a más de dos millones de personas, apuntado por el canal 24 horas, y en la primera hay flamenco en alemán con la curiosa historia de Macarena, inspirada, por cierto según me comentó Isa en una historia real. Sin lugar a dudas estamos locos. El que quiera peces que se moje el culo, dicen. Porque tú, ¿qué canal elegirías? ¿Realmente apagarías la televisión? Siempre es la misma historia. Hace dos días hablaba con un amigo jovencito sobre su relación, que acababa de terminarse. Sobre como algo bueno acabó en convertirse en un problema porque sí, porque es demasiado sencillo hacerse el camino difícil. Ayer hablaba con un amigo más mayor que yo sobre la sociedad en general, sus inconsistencias y despropósitos. Me di cuenta horas después de que uno se convertiría en lo que yo soy y de que, algún día, yo me convertiría en el otro. De que la ruta difiere solo en los meandros, pero no en el cauce general.

Y aunque Joaquín diga que el sí es el nuevo no, yo crecí amando el patetismo de palabras como naufragio, melancolía, oscuridad y languidez. Pienso que es mejor sentir, en confusión y a borbotones que no sentir nada. Pero también creo que es falso pensar que hay gente que no siente nada. Falso y algo presuntuoso. Porque todos estamos hechos de lo mismo. Todos. Los que bailan para los nazis por dinero y los que eliminan a dos millones de personas por alguna causa más que justificada para sí mismos. Tú y yo. Imagino que dentro de cada uno está la persona que puede darlo todo para salvar a un desconocido y esa misma persona puede encontrar en su interior algo dispuesto a la pura destrucción. Y es algo que he visto, que no puedo dudar. Si sucede a un nivel, pasa igual a todos. E imagino que odiar es otra forma de amar, otra forma de necesidad. Y especulo sobre las horas que unos nos pasamos pensando en los otros sin que ellos lo sepan. Porque después de muchas pérdidas y encuentros, es extraño ver como nuestras reacciones cambian o no cambian. Y creo que la honestidad con uno mismo y la sinceridad entre lo que uno piensa, dice y hace, es casi tan improbable como que la nieve cubra la calle de la Paz. Me duele la cabeza y ya no sé lo que me digo.

No hay comentarios: