miércoles, 4 de febrero de 2009

Try to keep myself away from myself and me

Hoy estaba en el flamenco con los estudiantes y me he sentido como si no perteneciera allí. Como si fuera un narrador que ve una escena desde fuera. El cantante sangrando un ‘no quiero ser tu prisionero’ y el bailarín azotando el tablao con una sonrisa adorable en la cara. Las personas mirándose se reojo y estimándose. Preguntándose cuál de los otros podría valer. Y he pensado que nos pasamos media vida intentando llegar a ser algo que no somos, intentando tener algo perfecto que ofrecer a la otra persona para que no pueda negarnos y la otra mitad pensando que valemos demasiado para los demás. ‘Round here we’re carving out our names / Round here we all look the same’. La seducción ya no me divierte y deja de ser un juego cuando admites que no tienes nada que ofrecer. Nada real que ofrecer. Solo un montón de montañas de arena en un campo de dunas. Es como darle a un desconocido una caja llena de fotografías e intentar explicarle la historia detrás de cada una. No es solo aburrido, es simplemente imposible. No hay nadie que recorra un mismo camino que otra persona, y tampoco hay nadie que realmente quiera. Es abrumador verse extraño en un mundo de emociones. Estéril y agotador. Un esfuerzo necesario que solo va a llevar a decepción se convierte cada vez más en una cuesta infranqueable. Cada día me doy más cuenta de la inestabilidad de la soledad, del vaivén extenuante que se describe entre la intencionalidad de lo esperado y la necesidad de darle la espalda. La pierna del chico del cajón y sus manos van a ritmos diferentes. Vertiginosos y diferentes. Me pregunto a qué ritmo irán sus pensamientos y si serán los mismos a lo que se mueve su corazón.

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