martes, 6 de octubre de 2009

Ciruelas, tomates y aguacates

Mi frutero está lleno de ciruelas, tomates y aguacates. Hoy he visto una grúa de autobús, la grúa de color rojo, llevando al inválido gigante rojo por las calles iluminadas, como si fuera un ciempiés y cada uno de nosotros un diminuto insecto. Como pipas peladas porque me gusta la sal. Si no estuviera mal visto, me pasaría las horas de la comida chupando sal de la palma de la mano. Hay mucho que hacer un lunes, pero también muchas razones por las que no hacer nada. El otro día escribía una historia. Me gustaba mi historia y pensé que, aunque no me llevara a ningún sitio, la acabaría y la tendría como un tesoro propio. Pero una vez hablé de ella ya no podía escribir más. Lo que esperaba de mi misma y lo que pensaba que podía dar se habían separado como las dos orillas de un río alpino. Tenía mucho que ver con lo de siempre, volver a empezar algo que he dejado a medias. No todo se puede acabar en un día, pero si las cosas se midieran como yo las ejecuto, aseguro que el mundo estaría lleno de las historias más cortas jamás vividas. Supongo que siempre es así, que nos define más lo que no podemos hacer que lo que tenemos. Que las historias se escriben porque siempre quedan cosas por tener o cosas que soñar, no porque los personajes lo tengan todo ya. Me pregunto si ellos descubren que la mitad de las cosas que creían desear realmente no las necesitan. O que ya lo tenían todo, y no se habían dado cuenta. Resulta difícil intentar contar algo que uno mismo no sabe. Porque yo sólo sé qué hay en mi frutero y cuántos libros hay sobre mi mesa; cuántos me quedan por leer y cuantos he leído ya.

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