martes, 27 de octubre de 2009

Cualquier historia es mejor

Hay historias de las que no quiero saber el final. A veces es porque eso significa que la historia se ha acabado. Y a veces porque la historia es tan desértica que, el hecho de que quede historia significa que queda esperanza. Que hay alguna posibilidad. Que la línea de acción no parece abocada al final feliz que a todos nos tranquiliza, pero que aún puede existir porque no se ha cumplido. Las historias son muchas. Las que lees, las que ves en la televisión, en una serie para adolescentes o en un programa que habla de la vida de un niño con Malaria. Si apagas el televisor, siempre puedes imaginar el final que tú querrías para la historia y poner tu fe en que fuera real. Ella llega al hospital a tiempo y el niño se salva. Rebobina hasta ese momento y pulsas el botón de ‘off’. Porque no debería existir el grito de desesperación de una madre redundante. En la vida las historias casi siempre salen de uno mismo. Los otros son personajes más o menos importantes, pero muchas veces están en tu historia y ni tan siquiera lo saben. En esa línea argumental que quizá no crees agotada pero que realmente nunca existió en la narración de los demás. Me pregunto a cuantas historias pertenezco y en cuántas de ellas soy el personaje que no quiero ser. Cumplo mi papel, que es el que se me quiere dar, o adjudico roles que no se desarrollan. No es muy difícil imaginarse cómo debe sentirse una hoja en blanco, porque solo hace falta cerrar los ojos y verse en la mirada de los demás. No sirve de nada proyectar tu historia, si tú no estás en la suya. Son palabras baldías las que se dicen sin un oyente. Las que se susurran en la oscuridad, ante la imposibilidad, en ruego al vacío. Y de nada sirven las historias que han acabado, aunque uno esté tras el telón y no quiera ver que el público ya se ha marchado y no queda nadie a quien saludar. Porque es tan importante lo que pierdes en cada momento como lo que creíste ganar. Al fin y al cabo, la mayor parte de historias se escriben con los espacios en blanco de las de los demás. De madrugada, con las manos vacías y la certeza de que ninguna idea es genuina y de que nunca quedan demasiadas historias sin terminar.

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