martes, 21 de septiembre de 2010

Alborotos y silencios

Entre las reliquias de San Juan de la Peña guardaban la sombra de San Juan Bautista en una pequeña caja de madera. Me sorprende nuestra credulidad, nuestra necesidad de la fe, nuestra búsqueda de la creencia. A lo largo de nuestra historia, una que existe por circunstancias completamente arbitrarias, hemos creado cientos de miles de sistemas de creencias, hemos vivido y muerto por ellas, hemos creado y destruido por ellas. Estamos aquí de casualidad. Por accidente. Por ejemplo, si la luna se hubiera alejado un poco más de la tierra tendríamos un eje caprichoso como el de otros planetas, donde serían inconcebibles las estaciones o los ecosistemas. No sé cómo hemos desarrollado nuestra consciencia, pero sí reconozco que sobrevivimos con ella porque es un juicio parcial. Descubrimos las leyes de la física, concebimos nuestra finitud, nuestra irrelevancia… y la olvidamos. Sabemos de nuestra futilidad y la ignoramos. De hecho, somos los seres con más capacidad de egocentrismo del planeta. Los más dados al hedonismo, los que más desarrollamos el individualismo, los que más daño nos infringimos los unos a los otros. Los que más capacidad tenemos de justificarnos. Los que más tendencia tenemos a sentirnos siempre únicos, especiales, irrepetibles.

Pero no lo somos. De cuando en cuando eso se hace dolorosamente cierto. Miro el cielo y recuerdo mi insignificancia, como si fuera un disparo en el pecho. Me sucede a menudo escuchando música. Hay canciones que me dan escalofríos. Frases que me llevan lágrimas a los ojos cada vez que las escucho. Me atormenta pensar que se perderán para siempre. Recuerdo cuando estuve en Hiroshima, en el aniversario de la caída de la bomba nuclear, y pensé que, entre el alboroto de la gente, entre los ruidos, la música, los discursos había un enorme silencio. Una especie de desconcierto, un pena tan profunda que no se podía borrar de ese espacio. Era como un espectro, rondando inevitablemente los mismos pasillos cada noche. Un pesar que se saborea en el aire. Y pensé si en un sitio donde ha habido tanto horror queda algún tipo de huella. Y luego me pregunté si, cuando los mezquinos humanos desapareciéramos, se borraría. La conciencia humana desaparecería y la mancha se desvanecería… o si, por lo contrario, permanecería de algún modo allí para siempre.

No sé qué es lo que preferiría. Quizá si algo permaneciera para siempre, de algún modo se podrían atravesar estas canciones, como se atraviesa una fina tela de agua. Se podrían navegar, se repetirían de algún modo, como todas las acciones humanas, bajo una u otra forma, pero con la misma esencia. Y quizá por eso mismo sería mejor que desaparecieran para siempre, que se olvidarán, que, en algún momento del tiempo, que ya no importara sea pasado o futuro, nunca hubieran existido.

Pero yo sólo soy humana. Y me entristece sobremanera pensar en la muerte del arte. De algún modo hace menos llevable mi propia intrascendencia. La empatía que te pueden hacer sentir unas palabras en una melodía te hace sentir, de algún modo, universal. Reflejado, entendido. Una sola canción me hace mortal y eterna.

Y cuando recuerdo mi pequeñez tengo ganas de desaparecer, de hacerme cada vez más chiquitita hasta desvanecerme. Y también tengo ganas de aprender a vivir de verdad. De reírme, ver cosas bellas, caminar, comer y beber, tocar, leer, perderme, amar. Mi menudencia me destruye. Y me hace vivir. Me rompe en dos. Me pregunto cómo sería si yo también pudiera elegir sólo una de las partes. No pensar y sólo vivir... guardar mi sombra en una pequeña caja de madera.

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