jueves, 2 de septiembre de 2010

Trepábamos un haz de luna

Entonces el cielo refleja lo que pasa en el interior de un cuerpo
un callado llover sobre los tejados grises de la ciudad
se ha roto algo que no se puede reparar.
Estamos ante un guión que se ha borrado,
titubeantes sobre el escenario, vulnerables.
Un espacio rugoso se extiende frente a nosotros
que fabricamos con cada silencio.
Desconocidos, frente a unas respuestas que se han perdido
porque cambiaron las preguntas.

Y las personas acumulan, recelosas.
La palabra renunciar es tratada como una ofensa, ciegos todos
a que lo compartido es algo que se adhiere a uno para siempre
a que no se pertenece, se presta.

Decías que tu mediocridad es más llevable, gracias a mi mediocridad.
O decías que, cuando no hay nada que ofrecer,
no se puede pedir nada a cambio.
Nos disfrazamos cada noche para aprender a perder
y la derrota nos uniforma, nos entrena, nos afila.
Convierte lo desconocido en hastío.

Trepábamos un haz de luna
hasta que se cubrió de nubes
y el viento levantó nuestros pasos y se desvanecen
llevándonos de nuevo al principio
esta vez sin madeja de lana, sin alas de cera, sin sombra
pero con memoria,
y lo que se presta, permanece.

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