La fábrica era lo único que no cambiaba. El resto mudaba cada año, con el paso de las estaciones. Las casas, aglomeradas en torno al acantilado, a un cómodo paseo de la fábrica, cambiaban como lo hace el engranaje de un reloj. De forma ordenada y mecánica, las calles mudaban centímetros con las lluvias en otoño. Las paredes se recubrían de cal en el verano, el sol reflejaba la luz y las sillas de mimbre se sacaban a la puerta. En primavera, se colgaban macetas de las ventanas y el olor a pan recién hecho se extendía sinuosamente calle abajo. Y las puertas se mantenían cerradas en invierno, cuando el vaivén de los caminos se trasladaba espectralmente al movimiento del humo que salía de las chimeneas, como el oscuro desfile hacia las sepulturas.
Todo aquello que estaba más allá de las calles desaparecía cada año. Completamente. La naturaleza era algo efímero, inestable. Salvo la orilla y el mar. Siempre sucedía de la misma manera, cerca del solsticio de invierno el cielo se volvía grisáceo y grueso. Las personas que trabajaban en la fábrica se apresuraban en pasar por la panadería una última vez, recoger los haces de leña del cobertizo, despedirse calurosamente de sus vecinos. Volvían a casa al atardecer, cuando empezaba a nevar. La nieve cae al principio como escamas, convirtiendo lo que toca en metálico, en algo resbaladizo y laqueado. Cuando la noche cae, también cae el cielo con mucha más intensidad. Los objetos del exterior pierden las formas mientras en el interior las hogueras eclipsan los rostros. Normalmente nevaba un par de días, y cuando despuntaba de nuevo el sol, deslumbrante entre el blanco de la nieve, el exterior había cambiado. Sólo esa noche soñaban. Y durante esas noches, cada uno de los habitantes imaginaba lugares de fantasía: con un gran roble del que columpiarse en las tardes de verano; con un lago cristalino donde se pudiera navegar sus aguas como quien rema entre las nubes junto a su amado; un bosque salvaje lleno de oscuras zarzas pobladas de seres escurridizos que cazar junto con los amigos. Todos esos lugares se habían hecho realidad. Al derretirse la nieve, lo que aparecía bajo el agua era lo soñado. Lo que había estado en su lugar el año anterior había desaparecido para siempre.
Cada uno siente una obligación hacía sus sueños. El invierno se convierte en primavera poco a poco, con los amantes bajo el roble; los aventureros en el lago; los niños temiendo a los monstruos del bosque. Vuelve a nevar algunos días, primero con firmeza y luego lánguidamente, apenas rozando las superficies. El sol engorda en el cielo, se acrecienta y vuelven las macetas a las ventanas y el olor a pan recién hecho se extiende por las calles, como la niebla se adentra en las playas las noches de bruma. Y la gente olvida sus sueños poco a poco. Deja de apostar por ellos. La rutina de la fábrica se traga sus minutos; los paseos por la orilla y los deseos de viajar a lugares desconocidos ocupan las tardes de verano. Cuando los días se acortan cada uno de ellos recuerda lo que había soñado el pasado invierno. Recuerda que nunca más podrá volver a tumbarse bajo las gruesas ramas del roble cuando llegue este nuevo invierno. Recuerda que el cielo nunca más se pavoneará frente al cristalino espejo del lago al atardecer; que no existirá un sitio donde ocultar a los amantes en el bosque. Uno a uno se sienten culpables por no haber pasado más tiempo viviendo de sus lugares soñados, y el amor, que se había convertido en abandono, se tinta de la cierta amargura del reproche. Uno a uno prometen que la noche del solsticio de invierno no soñarán nada. Pero todos olvidan. Y cuando el cielo es plomizo y basto, no pueden evitar pensar en lugares diferentes, espacios que llenar de nuevas promesas, escenarios donde desenvolver una historia de amor perfecta. Y todos sueñan esa noche, mientras los sitios abandonados, inexplicablemente, de derriten bajo el frío para ser construidos de nuevo, de forma mejor; para, quizá esta vez, cumplir las expectativas de sus soñadores.
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