Ayer empecé y acabé de leer un pequeño gran libro de Baricco en el avión. Menudo artista, cuanto más lo leo más me gusta. Pule sus dotes y las ensalza en ‘Sin Sangre’. Es maravilloso. Cuando acabé de leerme el libro me quedó una honda desazón y me sentí descolocada. En una cabina aséptica, con una iluminación amarillenta, rodeada de apenas diez personas más, todas solitarias, rodeados de nada – podríamos haber estado en cualquier sitio. Cómo se ha perdido la poesía del viaje. Pensé que éstos son los tiempos que se acaban. En aquellos momentos que a veces ha habido un colectivo de humanidad que tenía suficiente conocimiento y tiempo libre para ser crítico con su historia es donde empieza el final. Cuando aquellas grandes ideas que se venden recubiertas de oro se desmiembran en el dolor y el sinsentido del individuo. Veo que apenas nos debe quedar tiempo. Ser crítico, crear arte del individuo, es algo en vías de extinción. Dónde hay una evaluación sopesada de hechos es donde empieza el miedo del poder hacia la cultura. No sé si nos espera una invasión masiva, una gran guerra, una ceguera generalizada por la incultura alimentada como pasatiempo… pero es casi una apuesta segura. Cada vez es más costoso encontrar, no la disidencia, sino las opciones de pensamiento.
Y abrí entonces la revista del avión, apretada dentro del bolsillo del asiento como en una ratonera. En una de las páginas había un anuncio. Un anuncio a todo color sobre ‘conflictos olvidados’. Pensé en lo revolucionario que es olvidar. Que quizá lo que necesitemos todos es no saber. Es olvidar todas las cosas con las que nos bombardean cada día. Cómo es vivir en un planeta cada vez más pequeño, tan lleno de desastres que cada telediario pueda tener un titular nuevo, igual de atroz, pero donde se elige crear incluso más conflictos, mundanos, para olvidar aquellos importantes. Si nos borraran y empezáramos a recibir información de nuevo, ¿volveríamos a tener escalofríos con el horror? Me pregunto si la impasibilidad viene de mano del conocimiento, y qué más perdemos con saber. Y me fascina saber de mí misma que me puedo emocionar más con una fantasía construida sobre un escenario ficticio pero humano, atemporal pero real; que con la realidad de la que soy informada.
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