viernes, 15 de abril de 2011

La medida del hombre. II

Esa noche había perdido la capacidad de imaginar. Las palabras se alzaban frente a mí como pinceles sobre muros, cada concepto era un transatlántico en el hueco que dejaba la silueta de la escritura sobre un papel a rayas. Cada letra una sombra donde cabrían muchas otras, cada sombra una onda sobre la superficie de la hoja. Pensé que la imaginación siempre está agazapada tras el conocimiento. Las personas apenas hemos sido capaces de concebir algo de la nada. Deconstruimos y reconstruimos lo que conocemos añadiendo fantasía, improbabilidad, maravilla. Pero todo se recorre a través de la medida del hombre.

El azul se disolvía en el suelo, se reabsorbía en el cielo. Y yo pensaba que ya no quiero ser capaz. Que quiero que se me salve. Que las personas dicen anhelar la libertad, y mueren por ella, pero pasan la vida construyendo pequeñas celdas donde esconderse. Compartimenta la vida en capítulos que conoce, cede sus sueños por un orden que especula controlar. Cambio la oportunidad por la familiaridad. Quizá por eso las personas dejan de leer libros y dejan de escuchar música con la edad. Se delimitan los límites y se cierran, una compuerta define aquello que pertenece a la inmadurez y el cómodo vacío predecible de la sensatez. Sólo que las personas viven siempre en tiempos pasados o en instantes futuros. Todos ciegos al azul que ya no es azul, es gris, es negro.

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