Primero construí las murallas y luego planté los espinos.
No pensé que el pasadizo que había dejado para huir
podría convertirse en tu forma de entrar.
Soy meticulosa,
sé que la grieta más pequeña puede acabar con cualquier pared
que hay que esconder las trampillas
que los castillos se inventaron dentro de las cabezas
y por eso pueden flotar junto a las nubes.
Pensé que aquí estaría a salvo,
en un lugar donde la velocidad de las imágenes
se iguala a la del sonido.
Un sitio manso, detenido.
Donde ver es lo mismo que crear,
y la quietud viene del estatismo.
Pero el tiempo es intruso.
Tiene una curiosa manera de circular.
Las acciones se desenvuelven en repetición,
las historias empiezan por el final.
Allí donde el castillo estaba en ruinas
con su mortero cansado, y el abrazo de la vegetación,
descaminando, hilvanando.
Los órdenes confundidos:
lo construido, una llanura;
lo soñado, un panorama.
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