domingo, 11 de diciembre de 2011

Dónde encajan los restos



El conocimiento es una de las únicas cosas que te encadena. El nacimiento de las frustraciones más dolorosas. Conocer la verdad de algo y ver cómo el resto lo desconoce, como se manipula, como se convierte en otra cosa y, sobre todo, como da igual. No hay consecuencias en el juego que construye los puentes entre los hechos y su percepción. Como conocer que tú no has hecho algo pero que se te acuse de ello. Somos canicas que orbitan unas alrededor de otras – que nunca se fusionan, que solo convergen para chocar y distanciarse. La física puede ser de lo más entretenida. Supongo que es una cuestión de ego. No vale con estar completamente convencido de algo, con saber que es la Verdad esa, con mayúsculas. No vale con saber que no es una de esas percepciones fragmentadas que cambiarán según crezcan tus conocimientos. No vale con saber que es así, que lo has visto, que lo has vivido, que es la realidad. No vale si los demás no lo quieren creer. Todas tus certezas pueden rastrillarse como un montón de hojas secas. Fueron útiles durante un tiempo, pero ya no sirven para nada.

Hace un par de noches paseaba por la ciudad de noche. En una calle los contenedores se alineaban, cada uno con un color, y un montoncillo de basura de todo tipo se esparcía a sus pies. Parecían rostros, cada uno con su expresividad – ojos redondos y cara bonachona; ojos rasgados, altivos y avariciosos; una gran boca alargada en una perpetua sonrisa de satisfacción – empachados de los restos de la vida de alguien. Sus pedacitos arrojados en el trozo de asfalto que se perfila, confuso, entre la carretera y el transitar de la acera. Me pregunto con qué piezas se construye cada vida. Dónde encajan cada una de aquellas cosas de las que nos hemos deshecho. Sería interesante si supiéramos que se arrastran con nuestra sombra: silenciosa e irremediablemente. Acumulándose como las ruinas de un castillo tras nuestro. Cómo serían nuestras decisiones si cada vez que nos desdecimos tuviéramos que ser testigos de todo aquello que aseveramos anteriormente. Dónde se conectan esos restos con ahora mismo.

Sólo que obviamente no importa. Cuando visité Madrid con los estudiantes la última vez salí a correr por El Retiro con Margo. Otoño, justo en el momento en que la tarde entra en su caprichoso decidir de qué color quiere teñir el cielo. Nada más cruzar el Paseo de El Prado empezó a lloviznar. Un chirimiri diligente que cubrió en breves minutos mi rostro, mi jersey, mis pantalones, el frío de mis manos y la punta mocosa de mi nariz. Pero seguimos corriendo bajo la lluvia, bajo la puesta de sol, sobre los caminos embarrados, contra el frío que se acrecentaba a nuestro alrededor. Mientras tanto el sol se ponía y desde la plaza del Ángel Caído se podían ver las nubes nacaradas guillotinando la ciudad. Corríamos por tozudez, porque de algún modo tiene que valer más. Tiene que significar algo la belleza unida con el esfuerzo. Ese momento de pura poesía, esa escena heroica, se tiene que notar en algo en nuestras aburridas vidas… esperamos que se convierta en algún tipo de llama que ilumine, como un secreto, nuestros gestos. Es cansina la mundanidad, aunque la guarde con celosía y no aspire a nada más. Pero a veces es tan triste…. Tanta tristeza en la irrelevancia de este momento, de la canción que escucho, las letras que escribo, el segundo que pierdo en este anochecer.

No hay comentarios: