El conocimiento es una de las únicas cosas que te encadena.
El nacimiento de las frustraciones más dolorosas. Conocer la verdad de algo y
ver cómo el resto lo desconoce, como se manipula, como se convierte en otra
cosa y, sobre todo, como da igual. No hay consecuencias en el juego que
construye los puentes entre los hechos y su percepción. Como conocer que tú no has hecho algo pero que se te acuse
de ello. Somos canicas que orbitan unas alrededor de otras – que nunca se
fusionan, que solo convergen para chocar y distanciarse. La física puede ser de
lo más entretenida. Supongo que es una cuestión de ego. No vale con estar
completamente convencido de algo, con saber que es la Verdad esa, con
mayúsculas. No vale con saber que no es una de esas percepciones fragmentadas
que cambiarán según crezcan tus conocimientos. No vale con saber que es así, que lo has visto, que lo has
vivido, que es la realidad. No vale si los demás no lo quieren creer. Todas tus
certezas pueden rastrillarse como un montón de hojas secas. Fueron útiles
durante un tiempo, pero ya no sirven para nada.
Hace un par de noches paseaba por la ciudad de noche. En una
calle los contenedores se alineaban, cada uno con un color, y un montoncillo de
basura de todo tipo se esparcía a sus pies. Parecían rostros, cada uno con su
expresividad – ojos redondos y cara bonachona; ojos rasgados, altivos y
avariciosos; una gran boca alargada en una perpetua sonrisa de satisfacción –
empachados de los restos de la vida de alguien. Sus pedacitos arrojados en el
trozo de asfalto que se perfila, confuso, entre la carretera y el transitar de
la acera. Me pregunto con qué piezas se construye cada vida. Dónde encajan cada
una de aquellas cosas de las que nos hemos deshecho. Sería interesante si
supiéramos que se arrastran con nuestra sombra: silenciosa e irremediablemente.
Acumulándose como las ruinas de un castillo tras nuestro. Cómo serían nuestras
decisiones si cada vez que nos desdecimos tuviéramos que ser testigos de todo
aquello que aseveramos anteriormente. Dónde se conectan esos restos con ahora mismo.
Sólo que obviamente no importa. Cuando visité Madrid con los
estudiantes la última vez salí a correr por El Retiro con Margo. Otoño, justo en
el momento en que la tarde entra en su caprichoso decidir de qué color quiere
teñir el cielo. Nada más cruzar el Paseo de El Prado empezó a lloviznar. Un
chirimiri diligente que cubrió en breves minutos mi rostro, mi jersey, mis
pantalones, el frío de mis manos y la punta mocosa de mi nariz. Pero seguimos
corriendo bajo la lluvia, bajo la puesta de sol, sobre los caminos embarrados,
contra el frío que se acrecentaba a nuestro alrededor. Mientras tanto el sol se
ponía y desde la plaza del Ángel Caído se podían ver las nubes nacaradas
guillotinando la ciudad. Corríamos por tozudez, porque de algún modo tiene que valer más. Tiene que significar algo la belleza unida con el
esfuerzo. Ese momento de pura poesía, esa escena heroica, se tiene que notar en
algo en nuestras aburridas vidas… esperamos que se convierta en algún tipo de llama
que ilumine, como un secreto, nuestros gestos. Es cansina la mundanidad, aunque
la guarde con celosía y no aspire a nada más. Pero a veces es tan triste….
Tanta tristeza en la irrelevancia de este momento, de la canción que escucho,
las letras que escribo, el segundo que pierdo en este anochecer.

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