El otro día corrí bajo la luz de la luna. Era una noche de
fin de semana que me había reservado para mí. Fui con mis padres a la montaña y
llegamos al anochecer. Eran apenas las 19.30h de la tarde, pero la noche era
clara e inmensa. La luna estaba llena, colgando del cielo como un diamante en
el cuello de una piel de ébano. El aire era crujiente y seco – cuando empecé a
correr hacia el pantano casi me dolían en el pecho los punzantes golpes de la
respiración. La luna me acompañaba, y no necesitaba más luz. El camino se veía
con claridad; una carretera comarcal, con sus pequeños boquetes y sus leves
cuestas, y las sombras que iban moviéndose a la misma velocidad que mis pies.
Es curioso cuantas cosas puedes imaginar en las figuras imprecisas que se
esconden en la oscuridad. Llevaba puesto el iPod, aunque había considerado ir
escuchando los sonidos de la montaña al acostarse… pero era más épico correr
con banda sonora, así que puse la selección al azar, porque tengo ese tipo de
fe en el destino, y se entrelazaron un montón de temas que llevaba tiempo sin
oír pero que tenían perfecto sentido
esa noche.
No tardé mucho en llegar a la cima de la colina donde está el pantano. El cielo, con sus nubes atravesadas en gris sobre negro y su gigantesca luna se reflejaba con claridad sobre la superficie quieta del agua. Apagué la música y me quité los cascos. El tiempo se detuvo y el instante se transformó en algo que quieres recordar para siempre. Uno de esos momentos que te da miedo vivir en soledad porque crees que es menos real si no lo has compartido. Que serás incapaz de explicar cómo olía la noche, como se movía en sosiego la superficie del agua, como el silencio se adentraba en todas partes. Pensé que es normal la obsesión del ser humano por el reflejo. El mundo es tan vasto, las imágenes bellas tan inasibles y caducas – que mediante un reflejo, un espejo de la realidad, un trozo enmarcado, un gesto elegido… así uno puede tener la sensación de poseer algo. ¿Qué ha hecho la tecnología sino convertirnos a todos en poetas? Fotógrafos compositores que capturan sus memorias con elementos robados de otras fotografías; colecciones de imágenes pasadas y aleatorias que representan algo de lo que querríamos ser parte; palabras prestadas de músicos, poetas y pensadores que significan algo en sí mismas, rellenadas por la épica personal de cada uno.
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Ayer llevé a los estudiantes a la Plaza de la Virgen. Tenían
que perseguir a una persona, sutilmente, observarla, anotar sus reflexiones.
Todo ello para después poder escribir una breve historia al respecto. Un
ejercicio corto e inmediato de escritura creativa. ¿Qué veían en los demás que
reconocían en sí mismos? ¿Cómo significan los gestos algo reconocible en todas las personas? ¿En qué juicio nos encontramos
posicionándonos ante las personas? Mientras esperaba vi un niño pequeño, mulato
y precioso. Una de esas criaturas que podría haber sido anuncio de Benetton,
con su pelo rizado y sus grandes ojos marrones. Sus padres iban tras él, con el
carrito, andando sin prisa. Turistas desganados. No hablaban entre ellos, pero
tácitamente dejaban hacer al niño. El niño llevaba entre las manos una figura.
Era como un pingüino grande, con un cuerpo que se convertía en un cono de
círculos concéntricos, cada uno de un color. Se acercó a la fuente de la plaza y
la miró con detenimiento. Su cuerpo entró en tensión. Allí había una fuente,
grande, llena de agua en la ebullición del movimiento y su rostro llegaba justo
a la altura donde podría ponerse de puntillas y ver el interior de la fuente.
Apretó la figura junto a su pecho. Estaba la duda en su rigidez. ¿Tirar la
figura y ver su ruina en el agua? ¿O quedarse con su preciada pertenencia? ¿Jugar
a ser dios o seguir las normas? El niño observó el agua, apretó la figura,
detenido, de pie, completamente presente. Pasaron dos o tres minutos de
concentración completa en esa indecisión. La madre llamó al niño suavemente
unos pasos tras suyo y el niño bajó el brazo, titubeó, se dio la vuelta y se
marchó. La fuente perdió algo, la ausencia de la atención del niño la convirtió
en un lugar más mundano, menos inquietante. El agua corría mecánicamente y las
caras de las estatuas tenían una mirada vacía. Eligió quedarse con su tesoro,
no arriesgar su posesión, no enfrentarse a sus padres, no ver el resultado de
una destrucción cualquiera. ¿Nace nuestra domesticación donde empiezan nuestras
pertenencias? ¡Qué niño tan civilizado!

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