El otro día salía de mi antigua casa por última vez como ‘inquilina’.
Miré el salón vacío, las paredes blancas, las lámparas de ikea que dejaba
atrás, los clavos donde estaban colocados los cuadros. El techo con su extraña
forma de disquete y el suelo de tarima flotante que sobre el que me encantaba
andar descalza. Y pensé que nunca más volvería a tumbarme en ese suelo, y mirar
ese techo, atravesado de las luces amarillentas de las farolas, escuchando
jazz, embriagada de noche y soledad.
María preguntaba el otro día cuando cenábamos ‘¿Por qué coño nada es para siempre?’. Llega ese día sin aviso, en que te das cuenta de que no hay nada con lo que puedas contar realmente. De que todas las cosas que se dan por sentado son perecederas. En esa implosión que estoy experimentando hay dudas sobre si, simplemente, es mejor no construir nada nuevo cuando al final todo acabará en ruinas. Preguntándome el significado de ese ‘si’: ¿conjunción condicional o aseveración terminante, como dice la RAE? La noche era de martes, y el año acababa de comenzar, y yo acababa de abandonar otro lugar, como no puedo evitar hacer. Y en ese momento, como ahora, pensé que quizá cada abandono es un fracaso – una necesidad de cambio porque no quiero enfrentarme a mis carencias.
‘La Sanz’ bebía un vino blanco, creo que de Navarra, del que
no nos habíamos atrevido a pedir la botella porque la camarera no había sonado
muy convencida. Habíamos hablado de teatro, de Asía, de ‘La Celestina’ que
preparaba María. Había pensado en las aspiraciones que quizá algún día tuve y
perdí, y en como las que tengo ahora se perderán tan pronto. Aún quedaban sobre
la mesa de madera oscura algunos trozos de comida, el techo estaba iluminado tenuemente
por unas lámparas simples, construidas con ramas naturales, que a lo mejor podría
copiar en mi nueva casa y en la mesa de al lado una familia italiana –padre,
madre, dos hijos treintañeros y la pareja de uno de ellos - hablaba en voces
agitadas, con largas pausas, sobre Valencia. ‘Por lo menos hemos encontrado una
pequeña tribu para pasar las nostalgias esas’. Pero no sé si eso es cierto
tampoco. Esas personas, a las que a veces quiero con locura y de las que a
veces me desprendo inexplicablemente, están en sus propios castillos. ¿Será el
miedo el que nos mantiene a la vez tan cerca y tan lejos? Quizá sea simplemente
el egoísmo. La incapacidad de perdonar lo que nosotros no sabemos hacer, una
defensa de nuestra envidia y la comparación.
Somos entretenidos cuando andamos por la calle – cuando me
cruzo a una persona hablando sola, sutilmente, como hacemos tú y yo a veces. Su
cara gesticula recogida esa conversación invisible, la preparación de un
enfrentamiento futuro, la evocación de un encuentro pasado. Cuántas relaciones imaginarias rellenan todos
esos vacíos que se esconden entre los árboles de las neuronas. Estamos aquí
pero no estamos, siendo a la vez existentes y recibidos. Una balanza extraña,
en que muchas veces pesa más un lado que el otro. Y pienso que a veces es sólo
que necesito sentir que soy importante para alguien, aunque sea una persona
sola, aunque sea sólo a veces – porque allí puedo reflejarme y construir mi
fortaleza. De nuevo ese pequeño reflejo que se convierte en posesión. Y luego pienso que no, que nadie nunca es
importante para nadie más allá de la importancia ante sí mismo. Que ser
irrelevante es liberador, revolucionario, refrescante. Que debería lanzar mi
cuerpo hacia esa inexistencia con ahínco… Y luego sigo tejiendo las paredes de
mi capullo y me cuelgo del techo más cercano al que puedo llamar hogar,
esperando una metamorfosis que sólo está en mis manos y que ha perdido su
camino a casa.
Es casi medianoche y el momento de decidir si pedir otra
copa más de vino, o retirarnos en la húmeda oscuridad dorada de las calles. Me
pregunto qué significa, cuando en el mismo momento, tú te preguntas cómo se
puede vivir sin corazón y yo me pregunto cuánto espacio ocupa el olvido.

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