Encendí una barrita de incienso. El mismo tipo que me
acompañaba en las largas tardes del instituto, cuando mi padre había salido de
viaje, acompasando su fino hilo de humo a las notas del ‘Kiss me, kiss me, kiss
me’ de los Cure. Me encanta ver como la llama que prende el incienso implosiona
lentamente hacia una burbuja de color anaranjado, como un sol de verano
pereciendo bajo las olas plateadas del mar. Y luego desaparece; pero el
incienso sigue quemándose con sosiego, una lanza herida.
Cerré la última página del libro que me ha regalado Hoon. Una obra coreana, con todo su extraño peso de culpabilidad y deber, rodeándose de sus mejores aliados, la familia. Me había gustado, salvo por que se presentara a la madre como una persona que no ha hecho mal a nadie. Quizá sí exista gente así, pero no me las puedo imaginar, habiendo sido mezquina, descuidada, impaciente y maleducada tantas veces. Me pregunto si puede existir una criatura que no ofenda nunca a nadie. Acababa de volver de tomar algo con Mayte, una visita sorpresa de respuesta a una llamada de angustia, que había devenido en un largo paseo nocturno lleno de divagaciones. Es curioso llegar a sorprenderse de cuando en cuando con el propio egoísmo. En cierto momento, sentadas en el manso frío de la plaza, al pie de la fuente donde un montón de niños de bronce juegan inmóviles a diversos juegos populares, Mayte dijo ‘No es justo hacerle eso a un niño. Ellos aún tienen esa capacidad de maravillarse, aún no están heridos. Son felices.’ Aún no están heridos, pensé. ¿Cuándo empezamos a herirnos los unos a los otros? Y ¿por qué no sabemos parar? Me pregunto como sería el mundo si, en los momentos de dicha, nos diéramos cuenta. De que no tuviéramos que mirar atrás y pensar ‘en ese momento era feliz’, o pensar ‘¿habré perdido esa última oportunidad?’. ¿Nos convertiría en otra cosa ser conscientes en cada momento de nuestra suerte? Qué enajenados estamos, tan solos y tan desamparados, construyendo puentes y murallas hacia los demás.
Pienso en mí, como hace cada uno en su soledad. Pienso en
cómo una parte de mi quiere expandirse, viajar, buscar cosas nuevas, conocer
nuevos lugares, coleccionar la mayor cantidad de recuerdos posibles para luego
poderlos revivir brevemente antes de que todas mis acciones sean olvidadas para
siempre. La otra parte de mí está cansada. Es la que quiere borrarse,
desaparecer, ser irrelevante, acercarse lo más posible a la nada. Implosionar,
como esa llama nácar y moribunda. Satisfacer sus necesidades con un café al sol, un buen libro y el maravillarse ante alguna imagen inesperada. Estaría bien sorprenderse de cuando en
cuando con algo diferente.

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