Me gusta cuando un gorrión se adentra dentro de un ciprés, que parece tan estirado – como si no fuera con él eso de ser árbol frondoso, nido de aves y sombra de niños. Y el pajarillo se arropa con sus frutos, menudos y marrones, como él; y mira desde dentro de la cueva verde al exterior, tan astuto se siente ante los ciegos viandantes del parque. O cuando un señor mayor pasa en bicicleta, acurrucado frente al manillar como un marinero que se enfrentara a una terrible tormenta. Su grueso calcetín coronándose sobre el camal derecho del pantalón holgado, de ese inexplicable color entre azul oscuro y gris, como un triunfador maremoto de tela.
Me doy cuenta que cuando escucho música en el iPod, hace menos frío y miro más hacia arriba cuando ando. Ayer vi que habían pintado de verde oscuro las rejas de Viveros de nuevo, pero se habían dejado el escudo de la ciudad, oxidado y herrumbroso, elevado en su posición de honor sobre la puerta de entrada, olvidado por todos, hasta por los empleados del ayuntamiento. Pienso que todos tendemos hacia lo que conocemos porque tenemos miedo de lo demás, de cambiar de verdad, de ser anónimos, de enfrentarnos a lo extraño. Al final de las historias no es valiente quien hace algo explosivo una única vez, sino quien vive todos los días en la naturalidad del miedo y la duda. Y yo soy cobarde, cada noche que me acuesto en la oscuridad, con mi libro y mis sueños empapados de mundanidad.
El cielo es de un color naranja imposible, cortando el horizonte en dos. Todo a mi alrededor es sombra, las planicies de Andalucía oscurecidas por la noche, y la bóveda celeste envuelta en un morado que quiere ser negro. Las breves colinas se perfilan con una claridad espectacular, en esa silueta que crea la luz que se desvanece poco a poco. Nácar, rojizo, ambar, un blanco verdoso, azul y ese grisáceo anocheciente. Es como si solamente existiera el lugar liso e inacabable donde estamos ahora, conduciendo a través de la muerte de una tarde. Rodeados de formas en sombra, escuchando el hipnótico peregrinaje musical de Gonjasufi, en este momento en movimiento – atrapado para siempre entre mi retina y mi memoria.
Y me doy cuenta de que estoy enferma de soledad. De que es mi adicción. No me hace ningún bien pero no sé vivir sin ella. Es parte de mi identidad y tiendo hacia ella inevitablemente, cayendo en sus brazos como el sol cae tras las llanuras. Me da dolor y placer, la necesito y no quiero vivir con ella, pero no sé hacerlo sin. La droga perfecta, como diría Reznor. El camino del condenado, expiando su crimen.

No hay comentarios:
Publicar un comentario