viernes, 6 de marzo de 2009
Parcas, Irati y playas blancas en Menorca
Silvia me hablaba de Menorca y lo hacía de un modo que del torrente de sus palabras surgían como pinceles brillantes que iban ilustrando las imágenes que explicaba: el color blanco y azul de Formentera, las cuevas donde yacen cuerpos dormidos en las interminables noches de verano, la mosca que revolotea alrededor de dos personas sentadas frente a una casa de paredes blancas con los ojos entreabiertos, bajo la mirada atenta de un perezoso sol cálido, los acantilados cortando el rostro del mar y las suaves olas lamiendo la tibieza indiferente de la piedra. Era emocionante ver la pasión que ponía en sus palabras. Joseba me contaba cosas sobre Irati, sobre la presa de Itoiz y las pequeñas ecoaldeas que están bajo su silueta, las ranuras que rasgan la pared de hormigón y los minúsculos regueros que trazan sombras sobre el gris claro de la pared. Me hablaba sobre la selva, los colores exuberantes de las hojas en una explosión de luces y sombras. El río espumoso donde casi no puedes reconocer el agua clara bajo la efervescencia del movimiento. En Logroño, el tipo de la tienda de deportes me hablaba de pescar ‘brown bass’. El sigilo de las percas en el agua, y como se esconden en lugares diferentes según la estación. La entereza de las horas de pié, oscilando suavemente sobre la barca, mientras su brazo derecho trabaja sin descanso tirando la línea una y otra vez. Las horas en coche para ir cada domingo hasta Fraga para pescar. El centelleo de la luz sobre el agua y como suelta con destreza cada pez después de pescarlo, para poder tener el placer de volver a atraparlo. Juan me hablaba de su profesor de acuarela japonés, y su colección de conchas y caracolas de todo el mundo. Pensaba qué había a mí que me apasionara tanto. Si hay alguna cosa que pueda describir con tanto entusiasmo como para que alguien quisiera ver a través de mis ojos, tocar a través de mis dedos, escuchar a través de mis oídos. Si hay algo que me mueva con esa energía. Si puedo decir que he puesto mi fe en algo para verla crecer. Me siento turbada por las dudas. Reconozco mis arrebatos por las pequeñas cosas, por los detalles, por intentar ver siempre algo más allá – la diferencia, la figura escondida tras cada objeto inerte. Pero no encuentro mi constancia en nada, mis convicciones o mis bastiones. No sé qué hace que se ilumine mi mirada. Cualquier pasión ajena me puede emocionar, inquietar, conmover. Pero ¿qué ofrezco yo?
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