domingo, 29 de marzo de 2009
Adoquines de Ciudad
En esa esquina le rompieron por primera vez el corazón. Fue a su casa con el ceño fruncido, y una hora y treinta y cinco minutos más tarde estaba recogiendo los pedacitos para ponerlos en una caja que le había regalado su madre. Se sentó en el bordillo del parque, debajo del álamo plateado que llevaba tres corazones dibujados que decían ‘Nacho + Gema’, ‘Ángela [corazón] Óscar’ y ‘Rubén y Pilar se amarán por siempre’, y puso la caja encima de su regazo. El viento pasó suavemente a través de su pelo mientras atardecía. Las hojas cayeron como suspiros sobre su cabeza, cubriendo poco a poco su rostro, sus brazos, sus pies. Y ella esperaba inmóvil. A veces llovía y hubo veintiséis tormentas muy fuertes, donde todos pensaban que un relámpago podría acercarse demasiado, pero nunca pasó nada más grave que verse sorprendida por algún catarro. También había muchas mañanas de sol, y las palomas se acercaban bravuconas a sus faldas al principio, pero luego se acostumbraron a que estuviera allí y ya no le prestaban atención mientras gorgoteaban entre ellas en sus discusiones diarias por el agua de la fuente. Algunas tardes los niños jugaban al escondite, y Teresa solía esconderse detrás de ella, hasta que un día dejó de jugar y empezó a verse a escondidas con Juan. Ella no tenía hambre, ni sed, ni sueños, ni anhelos. Tenía una caja, y dentro de la caja su corazón. Cuando hacía mucho sol, en otoño y primavera, pero había una suave brisa refrescante, si la mirabas muy de cerca casi parecía que tenía una sonrisa en la comisura de los labios. Su pelo se volvió blanco poco a poco y sus manos firmes empezaron a sentirse más frágiles. Menguó dentro de su silueta, y su sombra, a días, parecía más translucida. ‘Ella está ahí desde siempre. No supo vivir sin corazón’ le dijo Teresa a su hija Marta. Y la cogió de la mano y se fueron caminando solas por la calle vacía, sus pisadas repiqueteando lentamente en los adoquines como el sonido de un latido cualquiera.
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