lunes, 12 de julio de 2010

El sueño de Midas

Sueña bajo un árbol, tendido sobre la hierba, un mundo con mil soles donde todo está cubierto de oro.
Y los pájaros llevan la pérdida en sus garras, flotando bajo sí como una sábana rasa.
Suena jazz, un saxo enloquecido en el interior de un local vacío con las ventanas abiertas. El verano lo embriaga todo con el aroma del calor.
Es Midas, deseando saber hacerlo bien esta vez. Tocar sólo lo necesario.
Si cierras los ojos, puedes ver la luna en cualquier color y los presagios aletean con suavidad alrededor de los tejados.
Las sombras caminan lentamente, enhebradas, inmóviles.
El alma se pasea sobre el cuerpo ligado por los párpados al retorno y al movimiento.
Todo alrededor es silencio. No hay voces en este espacio. No hay eco.
En el espacio flotan los cuerpos como bajo el océano. Materia incolora, albinos transparentes esperando que la luz les confiera entidad.
Te encuentro en la parada del autobús, ante la puerta de un ascensor, en el cruce de un semáforo.
En todos los lugares de quieta anticipación.
El día se extiende sobre la tierra como la áspera vegetación sobre un solar abandonado.
Tras los párpados hay dos personas bailando sin música, deslizándose perezosamente. En cada movimiento hay un instante, una eternidad.
La silueta de los cuerpos permanece atrás con su tránsito, creando innumerables trazos en el aire. Quizá en uno de esos mundos podrías amarme.
Pero no es mi sueño.
El viento cambia ligeramente, las ramas crepitan y los suspiros azoran el plumaje.
Los signos tiemblan y se desvanecen como ondas sobre el agua, extenuándose. La superficie es plástica.
Tiene los ojos entreabiertos, una ceguera furtiva y la certeza de algo que se disuelve fugaz.
No camina el mismo polvo, ni los mismos zapatos. Muda en todo lo que no hizo, rellena el vacío entre dos puntos.

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