lunes, 13 de octubre de 2008

Domingo

Muchas veces, cuando leo un libro y lo acabo me siento contenta. Es una alegría inexplicable, completa, como si por un momento el mundo tuviera sentido – un principio y un final, un camino a alguna parte, una textura especial. No me refiero solo a los libros de ‘y entonces resolvió el problema y fin’ sino a cualquiera. Especialmente a los que hablan de las relaciones humanas. A un final abierto de Paul Auster o un final apocalíptico de Mishima. Cualquier opción me vale. Porque lo que realmente me lleva a la felicidad es el escrito en sí. Poder ver la capacidad de alguien de plasmar sobre unas páginas algo. Un problema. Una historia, Una visión. Nada. El día a día. Una aventura. Cualquier cosa que refleja de algún modo el mundo en que vivimos. Las sensaciones que flotan a mi alrededor todos los días, cada vez que mi mirada ve algo o mis manos tocan algo y que no puedo explicar nunca con palabras. Es como una comunión. O como una catarsis teatral. La sensación de que lo que nos pasa puede ser definida de alguno modo. Mejor o peor, pero que está cerca de los conceptos que hemos creado para explicarlos. Que las palabras tienen un sentido más allá del de la incomprensión constante. Que las historias nos pueden extrapolar de nuestro pequeño mundo y nos pueden llevar a dejar de sentirnos solos.

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