martes, 30 de diciembre de 2008

Loco de atar

Estos son mis pensamientos del día 26, aunque he de admitir que hoy he comprado una nueva bombilla para mi cuarto de baño y funciona estupendamente. Viva el siglo XXI.

Es pronto, son apenas las 21.36, pero debería estar durmiendo. Dentro de algunas horas me tengo que ir a trabajar por la noche y mi cuerpo aun está resentido de la gripe que está sufriendo. Pero creo que está hastiado de dormir, que ya no puedo descansar más, que está tan desacostumbrado al tedio que urde ejercicios innecesarios para acabar su inactividad. Mi cama estaba a unos diez centímetros de distancia de la pared cuando he ido a sentarme en ella con el ordenador, así que con eso imagino que lo digo todo. Tengo los labios cortados y, tras algunos días de lucha con la luz del cuarto de baño, hoy ha decidido apagarse del todo. C’est fini, o como se escriba. Ya no tengo luz en el cuarto de baño. He tenido que llevarme la luz del salón y ponerla encima del water, y cuando me duche en unas horas tendré la sensación de estar en una de esas épocas de no hace tanto en que la gente vivía por el día y dormía por la noche porque no tenía más opciones. Y naturalmente nunca escribirían tan tarde por la noche si no querían quedarse ciegos perdidos. A ratos aun me da vueltas todo. Hacía mucho tiempo que no tenía fiebre, la verdad, y es una sensación extraña. Como si flotaras encima de tu cuerpo. Como si todo lo más primitivo de ti tomara posesión de tus acciones mientras que tus pensamientos están libres de toda atadura mundana revoloteando alrededor de tu cabeza, mirándote desde una distancia fronteriza, rozando tu piel de cuando en cuando. En esos momentos de breve iluminación delirante he tenido varios pensamientos. Y también he olvidado la mayoría de ellos porque eso, digo yo, es lo que pasa con los pensamientos que vienen de pura genialidad. Que son tan fuertes y tan reales que no caben todos juntos dentro de la cabeza de uno sin volverte loco de atar.

Una de las cosas a las que le daba vueltas era a la memoria. Recuerdo haber leído en El Pais Semanal hace un puñado de años algo sobre una tribu de nativos africanos que no se dejaban hacer fotos porque pensaban que si les sacabas una foto les robabas el alma. Menos mal que no conocen el mundo postmoderno, porque ahora si no sales de fiesta con mínimo dos cámaras de fotos y un par de móviles no eres nadie. Lo cierto es que ahora mismo se venden barato las almas. La verdad es que la impresión que dejan las cosas y las personas en tu memoria pueden ser abrumador. Pasas una temporada en que cierras los ojos y solo ves un rostro, un gesto, una imagen. Lo ves al girar la cara demasiado rápido. Lo lees en los gestos de otras personas, en los espacios de otros cuerpos, lo imaginas en otras caras, lo proyectas sobre lugares vacíos. Y un día, cuando pensabas que la memoria andaría a tu lado siempre como una pantera serpenteando en las sombras de cada paso que das te das cuenta de que se ha ido. Cierras lo ojos y aprietas las manos y te concentras pero ya no está. Ha desaparecido. Se ha disipado como una gota dentro de un vaso de agua. Se acabo. Los círculos concéntricos vuelven a la calma y ya no sabes dónde empieza un cuerpo y donde acaba el otro. Será esa la capacidad por la que podemos sobrevivir a tantos desastres. La terrible realidad de que cualquier cosa que vivas, cualquier cosa que experimentes, cualquier cosa que sientas está sujeta a ser olvidada. Que pasada cierta cantidad de tiempo tiene la misma importancia en tu vida lo que compraste en mercadona hace tres días y el beso que diste a esa persona de la que estabas locamente enamorada. Admiro a la gente que tiene una vasta memoria, porque yo no la tengo; eso seguro. El problema de las fotos empieza aquí. Que cuando tu mente realmente ya no puede recordar a una persona, extrapolas tu memoria a las imágenes que tengas de ella. Una foto se convierte en la realidad de esa persona, pero no lo es, y nunca lo ha sido. Una foto es bidimensional, plana, vacía. Puedes pensar que la rellenas con todas las memorias que tienes de esa persona pero en realidad sucede al revés: la foto va corroyendo poco a poco la realidad hasta convertirla en algo igual de plano que ella. Porque una fotografía solo puede medir la realidad a través de sus propias leyes. El modo en que te cambia la cara cuando sonríes, o en que te muerdes el labio cuando estás pensando en algo, o en como acercas tus labios a los míos cuando vas muy borracho para darme un beso… esas cosas se olvidan, se dejan de sentir. Desaparecen. El dolor, el placer, el amor, el odio, la necesidad, las ilusiones o las frustraciones caen en la espesa pasta de la memoria llamada el olvido. Creo que es mejor olvidar a alguien sin mementos que olvidar a alguien teniendo sus imágenes y creyendo paulatinamente que ellos se convierten en sus fotos.

Si pudiera volver a hacerme mayor otra vez creo que me gustarían los western y la Velvet Underground. O no. Porque la verdad es que Nico me pone nerviosa. Me da la sensación de que siempre pensamos que hay otra parte de nosotros que quieres que alguien conozca. No que te valga la pena que todo el mundo sepa, pero sí algunas personas, que quieres que sepan esos secretos, esas ideas, esos extraños pensamientos. Creo que nunca sucede. Supongo que todos somos un poco esquizofrénicos, pero sobre todo pienso que todos queremos enseñar solo lo mejor de nosotros y para hacerlo en verdad nos doblegamos a la voluntad de los demás. Somos flexibles, maleables, dúctiles, como lo quieras llamar. Un bonito blandiblú que acaba en nada porque ni realmente acabamos siendo quienes somos ni llegamos a ser lo que desearían los demás. Y lo que nos hace únicos sigue siendo un extraño misterio para todas las partes implicadas.

No hay comentarios: