domingo, 4 de enero de 2009

Nochevieja cuatro días despues. Mejor tarde que nunca.

Es esa hora del día en que las sombras de los objetos son más grandes y parece que haya un haz de niebla sobre los muebles y los espacios. Es ese momento en que los vacíos que han dejado las personas que han habitado en el salón se expanden, tocando húmedamente los bordes de cada objeto, poblando con su ausencia cada lugar. La luz no es sino una especie de resplandor que proviene de la ventana y me recuerda a las tardes llenas de humo de incienso que jugueteaba con la luz del atardecer de hace tantos años, en mi habitación. Y me doy cuenta de que las cosas nunca volverán a ser como antes, de que esas tardes están perdidas para siempre – las conversaciones, las sensaciones, el quemazón de una bebida o las ocurrencias que hacen saltar las lágrimas de risa. Y me gustaría haber prestado más atención. Haber compartido cada momento en su totalidad con las personas con las que he estado, con los amigos que he tenido, con los libros que he leído, los discos que he escuchado, los labios que he besado. Y desearía que mi vida fuera una colección de fotogramas para poder volver atrás y saborear lo que comía entonces. Pensar con los pensamientos que llenaban mi cabeza y reírme de ellos, o asustarme de lo que se parecen a los de ahora. Tantas cosas hechas en solitario y tantas cosas en compañía y al final la tarde oscurece en un salón vacío, donde la mitad de las cosas dichas son solo una parte de las que pretendía comunicar. Y cada persona tiene tantos lados que no hay un solo poliedro que pudiera jamás medirse a ellos, pero sólo algunos de ellos reflejan el anochecer que asoma por la ventana. Y siempre será así, que los otros están perdidos para todos salvo para ti mismo, y finalmente se disiparán para siempre. Y hoy quiero poder lamentarme por ello. Aunque necesito afligirme junto a ti.

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