sábado, 31 de enero de 2009

Fiction Junkie

Ye me he puesto en plan alcohólica total, porque dentro de un rato me voy a pinchar punkarilla ochentero en un concierto y estoy bebiendo un cubatica sola en mi casa, reescuchando discos antiguos y pensando en los buenísimos temas que he oído a lo largo de mi vida. ¡Qué suerte he tenido!

He estado toda la tarde básicamente haciendo nada, bueno cosas de limpieza y tal, pero nada de provecho de aquellas que me había propuesto hacer ayer y me ha dado un poco igual. Bastante, la verdad. Nunca hagas hoy lo que puedas dejar para la semana que viene. Lo que sí he hecho es leer, oír música, leer, oír música. Y hay una cosa que me tiene absolutamente fascinada. Los diálogos de las novelas. En general, los diálogos de ficción. Creo que si algún día intentara escribir algo en serio ese sería mi talón de Aquiles. Ningún diálogo ficticio se acerca en absoluto a la realidad. Son palabras medidas, concretas, como una explosión que deja un campo carbonizado a su alrededor y aún más lejos un surco de plantas cubiertas por cenizas y un poco más allá un nuevo círculo concéntrico de asombrada vegetación que se pregunta por qué de repente puede ver un horizonte ante sus primitivos ojos. Nunca he tenido una conversación que siquiera se acercara a estos diálogos. Y me pregunto si, una vez eres escritor y puedes escribir así vuelves a tener la capacidad de hablar con las personas de la misma manera. Es decir, ¿el control se puede dejar de lado por la menudencia? ¿Hay vuelta atrás? Me refiero, una vez has podido llegar a ver el peso de cada palabra definido de algún modo dentro de cada contexto, una vez has elegido una en vez de otra, has entendido por qué una tiene más sentido, parece improbable que puedas dejar de obsesionarte por ello. Imagino que tiene que ser frustrante escuchar como habla la gente realmente o, todo lo contrario, se convierte en una fuente de nuevas ideas, de fantasías inexistentes, de encontrar historias en cada persona que se convierte en personaje aunque ni ellas mismas sepan que son sus protagonistas.

La verdad es que la ficción es dolorosa. Creo que estar alimentado por historias, novelas e imaginación es un arma de doble filo. De hecho entiendo lo de la telerrealidad. Quiero decir, lo que ves es lo que pasa – personas mediocres que no son malas ni buenas. Historias mundanas, preocupaciones insignificantes elevadas a un trono de cotidianeidad. Relaciones marcadas por la brevedad, por el inmediatismo, por las cosas que nos mueven todos los días. Eso es lo que tenemos al alcance de la mano. Lo que vemos en las películas, los libros y las canciones es sólo fábula. Creo que el que consume demasiadas ilusiones está destinado a vivir de sus esperanzas rodeado de una realidad que no puede tocar. Encerrado en su historia, en una idealización de cómo debería ser la existencia sin estar en contacto real con ella. Esto afecta a todo: a las relaciones, a la soledad, al pasado y al futuro. Está claro que todos lo hacemos hasta cierto punto, que todos, cuando conocemos a alguien nuevo le enaltecemos o le situamos en el barro de la entrada a nuestro castillo. Que las personas acaban teniendo el valor que nosotros les damos. La cuestión es cuando y como puedes aterrizar en la realidad. Si lo haces planeando, poco a poco, dejando caer a los lados el peso de los sacos de fina arena que contenían cada idealización trazando una línea de suaves desilusiones hasta un compromiso dentro de la realidad donde dos personas pierden lo mismo que ganas. O si lo haces como Ícaro, cayendo en picado hacia el mar, sabiendo que la inercia te llevará tan adentro que nunca te dará tiempo a salir, y respirando el aire con desasosiego, pensando que cada inhalación puede ser la última y buscando a la vez disfrutarla al máximo porque sabes que no hay escapatoria pero también agobiado por intentar acaparar el mayor oxigeno posible, por si acaso el destino tiene en sus manos la idea de dejarte escapar. Muchos de nosotros vivimos tan atados a nuestras ilusiones que es casi imposible que veamos más allá de ellas. Como si en Laberinto la protagonista se hubiera quedado a bailar con Bowie en vez de romper el cristal del espejo de la sala de baile. Al fin y al cabo, quien no ha pensado que vivir en un cuadro de Escher podría ser preferible a tu ciudad. Y pienso en las personas que conozco y veo que muchas de ellas tienen un pie en este mundo y otro en la de su ficción propia. De ese modo duele igual cada pérdida, pero es más dulce y poética. De ese modo nos movemos en la soledad como si la mereciéramos, aunque haya miles de personas que con un paso podrían romper su frágil superficie. La ficción es una droga de la que no puedo prescindir.

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