lunes, 12 de enero de 2009

Tercero en discordia

Hace algunos días volvía de la radio por la noche y hacía mucho frío. De camino, había una señora mayor, de unos 60 años, esperando a que alguien pasara para comentar que había encontrado un guante, blanco y nuevo, de niño en el suelo. Fue un comentario breve, algo como un ‘Qué pena quien haya perdido este guante, tan nuevo, imagino que lo estarán buscando. Lo dejaré aquí al lado de la puerta del garaje a ver si lo encuentran’. Ya está, solo era eso. Pero quería decírselo a alguien.

Últimamente me encuentro a mucha gente muy sola. Muchas personas me hablan por la calle porque sí. Es la necesidad de comunicar sin más razón que la de hacerlo. Leí hace poco una noticia en internet, sobre dos niños, creo que de siete y ocho años, ya que no le presté mucha atención, que habían huido de casa para casarse. Y pienso que, con tantos años que vivimos ahora, no sé si hacemos lo correcto. Cuando la gente se casaba muy joven por lo menos estaban seguros de que lo hacían con su primera opción. Creces juntos, puedes amoldarte a la otra persona fácilmente, aunque no sea necesariamente de un modo emocionante. Naturalmente eso no quita que te puedas enamorar de cientos de otras personas, pero lo que me llama la atención no es eso. Es el tema de la primera elección. Pasado cierto tiempo, me da la sensación de que todos acabamos con los restos. Nos convencemos de que la gente con la que podemos estar valen lo suficiente para nosotros, cuando muchas veces sospechamos que en el fondo que no es así. Y no es así simplemente porque tenemos tanto bagaje que no actuamos de manera impulsiva real. No respondemos a los estímulos del mismo modo. Todos podemos acabar con alguien por no estar solos. Y lo terrible es que hasta el último de nosotros somos propensos a hacerlo. A vivir con nuestras segundas opciones. Y me pregunto si realmente es posible, llegado cierto punto, encontrar a alguien que pueda ser una primera opción.

1 comentario:

Alguien dijo...

Sobre este tema, sólo puedo decir lo siguiente: has dado en el clavo. Has retratado, punto por punto, lo que he pensado yo a ese respecto. Veo retratado parte de mi pensamiento en este texto con tanta exactitud que cuando me de por pensar en el asunto, voy a decir "¿Para qué escribir si ya hay alguien que dice lo que pienso mejor que yo?". Esta vez, tú has sido mi Kafka particular.

Touché, señorita.