jueves, 2 de abril de 2009

Cerezos en Flor

Los días impares son diferentes. El otro día un amigo me dijo “cualquiera puede disfrutar de los días de sol; lo valiente es que te gusten los días de lluvia”. Un poco de agua nunca hizo encoger a nadie. Aunque tener los calcetines mojados sea algo molesto, poder mirar al cielo anocheciendo, a contraluz, y verlo tintado de color morado atravesado por la sucesión de gotas cayendo como centelleantes paréntesis plateados es tener un instante de suerte. “Al final todo se reduce a querer a una persona, porque es imposible querer a todo el mundo”. Los cerezos están en flor y las colinas que una vez vi desde la ventana del autobús por la noche, envueltas en niebla e iluminadas sólo por la enorme luna llena hoy siguen pareciendo irreales. Es esa capa de aire que hace que las cosas que están a más de una brazada de distancia parezcan dibujadas. Como una película del Oeste antigua, con las praderas y los llanos aplastadas contra un lienzo, soñando con el viento que corre suave por los surcos de la tierra. El paso que va de un árbol en flor a un tronco arrancado, seco y vacío es muy corto. Y me pregunto qué consciencia tenemos de lo que vamos perdiendo y lo que vamos dejando atrás. Desconfío de mis deseos y miro con recelo cada sueño cumplido. Es difícil ser natural cargando una duda sobre cada acción cometida. Los árboles se alinean porque nosotros los hemos plantado así, al igual que la sucesión de pensamientos aspira a seguir un orden lógico. Las canicas se esparcen por el suelo; con un retintineo hueco cae todo el desorden. La mano que suelta el nudo de la bolsa de tela es el de la deshonestidad, la mentira propia, el engaño a sí mismo. Hay un paso entre la realidad y nuestra percepción de ella. Entre el antes, lo que podría ser y el después. Un charco enfangado, turbio por las pisadas de pesadas botas entre dos trincheras enfrentadas. Cuando se acaba la munición y ya sólo queda salir con la bayoneta y el puñal en mano para encontrarse de frente con los ojos y el cuerpo sudoroso, sucio y dolorido de tu enemigo es cuando te preguntas si vale la pena. Si realmente es tan difícil acercar posturas. Si acabará en fuego y sangre o si, cuando abras los ojos, nada de esto realmente existe. Y es que nada tiene sentido. En estas mismas colinas, a través de estos mismos árboles, años atrás pastaban ovejas acompañadas de un solitario pastor de piel arrugada. Y dentro de algún tiempo será el turno de otros. Poner sus pies sobre la misma tierra y cosechar sus propios sueños, su propia realidad. Que será la misma que la tuya y la mía.

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