lunes, 13 de julio de 2009

La fábrica

La fabricación es complicada. Cada pieza es única. Algunas hay que importarlas en grandes barcos que vienen desde lugares lejanos y exóticos. Otras hay que buscarlas en cuevas subterráneas, en océanos volcánicos o en la cima de la pirámide de una calurosa jungla tropical. Todas han de pasar por astilleros, por el soplido del silbato que marca las pausas a mediodía, porque eso le da un compuesto especial. Las piezas se acumulan en grandes cajones embalados con kilómetros de rollos de plástico blanco translúcido. Al abrir cada caja, los cadáveres de papel plástico quedan arrojados en un lateral, como la muda reseca de un reptil descomunal. Pasa después cada pieza a una cinta transportadora de color gris metalizado. La cinta da vueltas interminablemente sobre sí misma, con un traqueteo mudo que de cuando en cuando gorjea al pasar por un tornillo suelto o por una tuerca desajustada. Allí van transitando, como si caminaran encima de una alfombra roja de satén, casi deslizándose sobre la superficie como un espejismo. La cinta entra por una ranura a otra habitación. Una sala grande, almacén amplio. Cada pieza entra por la ranura como un tren en un túnel, con la incertidumbre de qué se puede encontrar agazapado a través de la oscuridad. En el almacén empieza la parte difícil. El ensamblaje. Cientos de dedos cogen cada pieza y la toquetean, la manipulan, revuelven y conmueven. El olor de la brisa marina de las Azores se mezcla con los gusanos ciegos del negrísimo fango de Eslovenia en la medida perfecta. Para poder ser desmenuzado después cada vez que haga falta almacenarlo. En la línea de producción todo está en silencio. No está permitida decir ni una sola palabra, ni un suspiro. Contaminaría el resultado final de literatura, de libros escritos y palabras dichas, y cada producto ha de ser completamente único. Algunos, cuando están completos, son embotellados. Otros se envuelven en un papel azulado, con reflejos plateados. Los más costosos acaban en una caja de madera, con una tapa de plástico transparente que intenta semejar un cristal. Y los más pequeños, que suelen estar muy concentrados, pueden encontrarse escondidos entre dos palabras de la página menos pensada o enhebrados entre dos notas de una canción. La manufactura embalada se introduce nuevamente en cajones y se envía a cualquier lugar del mundo. Pueden permanecer amontonados un tiempo indefinido, alargado, extenso y de repente un día necesitarse una enorme cantidad de existencias. No se aceptan pedidos, simplemente se entregan aleatoriamente sin importar la estación o la temperatura, como se dice de las cartas.

Las personas que trabajan allí llegan a casa al ocaso. Cuando se acuestan miran la oscuridad grisácea de sus techos. Y al dormir nunca sueñan con nada.

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