jueves, 30 de julio de 2009
Que historia tan necia
Ya me había inanimado, satisfecho y decapitado antes de conocer el mar. Ese que tú dices que es azul, aunque yo lo veo como una sucesión de grises oscurecidos. Cualquiera puede coger número para describirme mejor que yo. Y todo lo que me rodea también entra en la descripción. Qué historia, dicen. Qué historia tan necia, la de aquella muchacha, que pensó que podría vivir sin tocar tierra. ‘Porque en la tierra pasan las barbaridades, los absurdos y las atrocidades’ decía ella, convencidísima de que no erraba en su razón. Sin tocar reinos ni estados no tendría que deberse a ninguno, salvo al oleaje instintivo del mar. Y la sucesión de momentos y hechos vendrían bajo unas suelas baldías como un suave aventurarse entre fantasías e ilusiones. Si había que tener los pies en el suelo, ella lo haría todo menos eso. Porque la arena se convertía en polvo, con la huella de mil pisadas y el peso de mil promesas sin cumplir. Sucumbir al mar era como dormir sin memoria, soñar sin sueños, beber sin agua. Moverse entre corriente y aire sin más dirección que aquel hilo plateado que une las mareas con la luna. Esa que tú querías cortar en la canción más triste que he oído. Hay que empezar por el lugar donde el océano está más oscuro y más frío. Un espacio tan alejado de la playa que, con las horas, cueste recordar lo que significa estar de pie balanceándose tan poco a poco que se convierte en un susurro inerte en el cuerpo de cada uno. Un rincón donde el horizonte y el horizonte se manosean, donde no se pertenece. Un lugar ajeno y de tanta violencia que pronto se convierte en estupor, fascinación, fijación. La vuelta a la ingravidez del vientre materno. El elemento disonante que otorga la desolada belleza a su alrededor. El silencio que da sentido a la sinfonía. Ella, que era yo, no sería más que sombra de una ola yerma, impoluta e incorrupta. La ejemplificación del verdadero ser, abstraído de cualquier gramática que lo mancille. Buscaba un barco donde zarpar. Un navío que me acercará al centro de la tierra, que es el mar. Para descender entre un sol en cada reflejo y mil gotas de sal. Pero en las tabernas del puerto cuchicheaban y en los muelles callaban al entrar. No se debe hablar jamás de una verdad en voz alta, porque a medida que se dibuja en palabras toma formas sucias, manidas, calcinadas. Engorda. Se hinche de vergüenzas, envidias, soplos, imposibilidad. Y la certidumbre se torna delirio. Y la razón muda a locura. Por esto te digo que calles lo que crees. Que todo lo que desees lo entierres dentro del lugar más insondable de tu pecho si pretendes algún día cumplirlo. Corres el riesgo de olvidar, pero dice el refranero que nada se olvida mientras se recuerde. Mienten, de todos modos. Mienten del mismo modo que tus labios se irritan con la salazón del mar. Con cada ola a la que llaman costa, orilla o litoral. Como dicen que el mar se convierte en tierra, cuando es la tierra la que se deshace en mar.
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