domingo, 12 de julio de 2009
Palabras al viento
No tengo ganas de escribir y no puedes obligarme. No tengo ganas de escribir ebria ni sobria. Con cada libro que leo, tengo menos ganas de escribir. Con cada palabra que digo, con cada gesto que hago. Me subiría a la cima de cualquier montaña, aunque estuviera lloviendo a cubos del cielo para gritar ‘no voy a escribir más’. No tengo nada que decir que no haya dicho alguien ya. Las historias me pasan rápidamente a cada lado, mientras yo las miro estática desde la medianera de la autopista literaria. Algunos versos se me acercan como moscardones y les doy un manotazo para que no me molesten. No me sirve de nada un verso perdido, los poemas se venden de a peso, no como un brillante. Se me ocurre que podría ir por el mundo como un vagabundo cualquiera, regalando literatura a la voluntad; pero es que eso ya está muy visto. Pienso en la de veces que he usado las mismas imágenes que los demás. Las mismas metáforas que todos. No tengo ganas de escribir cosas como “creo que una cosa es cómo me imagino que eres y otra cómo eres en realidad.” No quiero oír mis propios lamentos, ni mis ideas a medias, ni mis esbozos licuados ni mis construcciones mutiladas. No tengo ganas de escribir porque no tengo ganas de engañar, ni que los demás me mientan. No tengo entrenamiento, ni soy capaz de arar las finas enhebras de las palabras para que se conviertan en cultivo. No quiero acolchar una frase bien hecha con un montón de palabras huecas en forma de gusanillos blancos de poliestireno. No quiero, ni hoy, ni mañana ni esta semana quiero. No tengo ganas de escribir y no puede obligarme nada.
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