Él hacia rompecabezas. Algunos eran numéricos y otros eran de palabras, de conceptos o de personajes. Conocía los nombres de todas las películas que había dirigido y en las que había actuado Polanski y el periodo de gestación de la mayor parte de animales de la fauna mundial además de poder decirte sin dudar cual es el número natural menor a cien con mayor cantidad de divisores. Siempre usaba un bolígrafo de color negro, porque le parecía más sobrio que el color azul que se había visto obligado a usar durante sus estudios de primaria. Si erraba en una respuesta, ponía encima una cruz, concreta, donde aún podía entrever su equivocación, para recordarle continuamente que debía prestar más atención y decidir solamente cuando estuviera seguro. Anotar entonces, y solo entonces, la respuesta. Esta noche llevaba dos crucigramas y trabajaba sobre un rompecabezas numérico desde hacía una hora y veintiséis minutos, para ser exactos.
Ella entraba en el hotel. Era la hora en que ya solo queda en recepción el guarda nocturno, que mira de soslayo cuando entra un cliente conocido y con algo más de descaro cuando entra una chica bonita, sobre todo si no le suena de nada, pero tiene pinta de saber a dónde va. Ella camina decidida hasta el ascensor, pero mientras espera sobre sus zapatos de tacón siente una mirada incómoda entre los omoplatos, como si llevara impresa una diana en la espalda y el vigilante probara puntería; así que coge las escaleras. De todos modos, solo va al segundo piso. Entra intentando hacer el menor ruido posible, más por costumbre que por él, ya que sabe que estará despierto. Cierra la puerta con cuidado, con ternura, sin haberle mirado aún. ‘Hola cariño’ dice, mientras se quita los tacones. ‘Menuda nochecita más tonta.’ Caen las medias y a la vez que las deja a un lado, como la muda reseca de una serpiente, se recoge el pelo en un moño desordenado. Lo siguiente es el sujetador con un ‘La cena ha acabado en copas, y todos, como tontos, alargando la noche con los de la reunión, ya ves’. Pero la blusa queda puesta, con los pechos como siluetas insolentes bajo el suave algodón tostado. Va al baño, mientras con la luz se enciende el molesto sonido del extractor. Se mira en el espejo. Su cara, cansada y cubierta de un trasnochado maquillaje pero aún ferozmente bella. Su cuerpo bajo la blusa. Sus ojos devolviéndole la mirada. ‘Todos juntos al club de al lado del restaurante con una música horrible y alargando las horas, como si fuéramos adolescentes. Si es que, de verdad’ dice desde el baño, entre el agua corriente y el aire. Él no dice nada. No ha vuelto a levantar la vista de su rompecabezas desde que la vio entrar y la miró -con toda la intensidad que llevaba horas acumulando de su imagen en cada retina- mientras ella se despojaba de una pieza de ropa tras otra. Sin girar el rostro. El bolígrafo, de color negro, rueda nervioso entre su pulgar y su índice, y pasea a veces hasta su boca, para ser mordisqueado entre unos labios mudos. Ahora cae sobre la hoja de papel, y rasga algún tipo de símbolo sobre su superficie, dejando una fuerte marca al inicio y resbalando suavemente a continuación.
Ella se descubre en el espejo. Y con cada baño que cubre su rostro se despoja un poco de un beso y de otro. De la mirada que ha fingido con cada labio inferior mordido; de la calidez ingenua de los brazos que puede darte un desconocido, del escalofrío que puede dar un amor ficticio, si pruebas a creértelo un instante cada noche. Apaga el agua y se seca el rostro y ya no queda siquiera un rastro. Sale del baño con una sonrisa en la cara. Una de esas que desarman a cualquiera. Él cierra la libreta, golpea el bolígrafo en la mesilla para cerrar la punta y apaga la luz de su lado de la cama. La oscuridad empieza a cubrir la pequeña mesa de oficina y su silla, el televisor apagado, la mesilla de noche con el teléfono y numerosas hojas de instrucciones donde cada palabra se imprecisa, y el cuadro con la pintura bucólica, algo decolorada, donde un riachuelo se abre paso entre colinas, pequeñas casas, una iglesia y la ausencia total de habitantes. Y se tumba lentamente, como si tuviera la eternidad entera para caer dormido. Ella ya ha dejado de mirarle, mientras se quita la blusa al entrar en el blanco dominio de las sábanas siempre recién planchadas. Aprieta su cuerpo desnudo junto al suyo y le da un beso en la boca, que sabe a tormenta y naufragio. Y a sueño. Y se deja caer en el mecer tenaz de su respiración y sus latidos, con la cabeza encima de su torso. Mientras él mira las sombras del techo, que danzan al ritmo de los vehículos y las farolas, e intenta darles orden dentro de un pecho desmenuzado, como las piezas del rompecabezas más difícil al que se ha enfrentado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario