lunes, 20 de abril de 2009

Niñerías

Imaginé un mar con tu nombre, escondido entre montañas. Un lugar secreto, donde sólo yo pudiera bañarme en el agua fría y salir corriendo en el sol de las alturas, a saltitos, para que las cuchilladas heladas de la inmersión no amorataran mis piernas.

Soñé que robaba diamantes en bruto de una fábrica de envasados, poniendo la tierra que se caía de una maceta dentro del bolsillo exterior de mi mochila y, huíamos a Estados Unidos para vivir juntos en el campo y comprarnos un descapotable.

Escribía un libro pensando en ti, en las cosas que podríamos hacer juntos si lo leías. En las noches en que andaríamos cada uno al centro desde un rincón de la ciudad, observando como la oscuridad envuelve los edificios, para juntarnos en un café de los que nunca cierran y contarnos clandestinamente todas las cosas que habíamos visto e imaginado hasta llegar allí.

Y giro la cabeza y te miro. Estás haciendo los papeles de tu último accidente sentimental, murmurando entre dientes que esto nunca más te volverá a pasar.

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