jueves, 30 de abril de 2009

Un paseo por el parque

Aquí no venden postales. Ni libros, ni guías turísticas. En este lugar los periódicos están hechos de un material que se deshace a las veinticuatro horas. Aquí las personas no tienen memoria. Hoy es hoy y mañana es mañana. Pero no hay ayer. Decidieron borrarlo, porque así podrían borrar todas las cosas malas del mundo. Sin ayer, a la mañana siguiente ya no estás enfadado con tu amigo. No tienes rencor a tu vecino. No sabes qué hicieron tus antepasados por lo que no puedes odiar a sus enemigos. No le debes nada a nadie, ni nadie te debe nada a ti. Sin ayer, cada día que te levantas con alguien a tu lado crees que esa persona es a quien debes amar, y lo haces sin reparos durante todo el día de hoy. En un día puedes aprender a odiar, a abandonar, a sentirte superior o inferior, a violentarte, a perdonar. Pero en un día sólo no se construye una guerra. No se cimientan gobiernos. No se crean revoluciones. No hay ideologías ni nihilismo. Todas las mañanas vas a comprar el pan. Todas las mañanas te recogen en la esquina y trabajas unas horas en la fábrica que está debajo de la colina. Todas las tardes llegas a casa y te tomas un té caliente, escuchando música en el tocadiscos. Algunos vecinos tienen niños, pero no recuerdas cómo eran de pequeños. Imaginas cómo serán de adultos. Paseas al crepúsculo por las calles casi desiertas de la ciudad, en un parque donde los tulipanes brillan con la luz que juguetea entre las hojas y te maravillas de lo bello que está el parque hoy. Ella está sentada en un banco de color verde, mirando el riachuelo hecho de cemento, donde hay unos cuantos patos sacudiéndose las últimas gotas de agua sobre un islote, preparándose para dormitar. Parece confusa y te acercas a preguntar si puedes ayudar en algo. “Debería saber la cantidad de patos que hay en este estanque, porque conozco este parque, pero no recuerdo la cantidad. Los he contado y recontado, pero el número no me es familiar”. Te sientas a su lado y, en silencio, contáis los patos del estanque. Y los árboles que hay a su alrededor, pensando en cada uno de ellos: dos sauces, un abeto, dos ciruelos, tres almendros, un árbol que no conoces. Ella solloza callada, desde muy adentro. Y tienes ganas de abrazarla, pero no sabes si es lo adecuado, porque apenas la acabas de conocer. La noche se extiende, como una niebla entre las ramas y sobre las ondas de la laguna, enmudeciendo poco a poco los destellos que antes jugueteaban sobre su superficie. Empieza a hacer frío en la humedad del anochecer, pero ambos estáis sentados en el banco, uno junto al otro, inmóviles. Te preguntas como sería despertar en un parque por la mañana. Y decides que si ella no se mueve, tú tampoco lo harás. En un día puedes enamorarte y perder a alguien, puedes descubrir que te gusta el sabor de las manzanas en primavera, puedes llorar y reír. Un día es un mundo, y estaremos juntos para siempre, mañana. Aunque al despertar no recuerde quien eres.

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