sábado, 18 de abril de 2009
Tragedia griega
La hipotenusa es lánguida, alta, delicada y siempre mira con un cierto desdén hacia la derecha. La contemplo con admiración y un sentimiento algo confuso que hace borbotear la angustia y el placer a partes iguales, pero yo sólo soy un cateto y nunca se ha fijado en mí. En la línea de tiempo inacabable en que estoy a sus pies, observándola desde abajo, mi mente está llena de senos, cosenos, tangentes y cotangentes. Intento descifrar un modo en que cambiar las leyes de la trigonometría para poder enderezarme en paralelo a ella y mirarle a los ojos, y estar siempre así, a su lado. Pero la matemática es implacable. Pi y raíz cuadrada se pasean con descaro ante mí, agarrados de la mano, a veces amantes, a veces enemigos. Hablo con los ángulos y con la línea divisoria, que está siempre casi tan triste como yo, entre dos factores, sin tocar nunca a ninguno. Y me pregunto por qué cuando representan mi triángulo el gráfico está lleno de curvas de colores que se acarician y se tocan cuando no hay un solo momento en que la realidad se acerque a la imagen que se tiene de ella. Y miro al infinito con envidia. La hipotenusa sigue siendo lánguida, alta y delicada. Y sigue mirando con desdén hacia la derecha, pero nunca mira hacia abajo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario