sábado, 20 de junio de 2009
Al otro lado
Arañaba la pared. Lo hacía con desgana, con desdén. Lo hacía desde hacía tiempo. Con una cierta uniformidad. Con cabezonería. La pared era dura, de ladrillo. Fresca. Con un cierto olor al agrio cobalto del cemento antes de convertirse en el ácido sabor de paladar del polvo. Arañaba la pared con la mano que alcanzaba el tabique. No podía golpearlo, porque tenía la muñeca aprisionada con una ligazón de cuero, ni podía gritar porque tenía un pañuelo que funcionaba como obstáculo entre los labios. Sólo podía tocar la pared con la superficie de los dedos, con cada dígito podía sentir la inmensidad del mortero y la sustancia del muro. Con la mano izquierda, porque la derecha estaba sujeta con más ahínco. Cada vez que estiraba los dedos con un movimiento manso y regular sentía la diferencia insondable entre el vacío y la materia. De repente se había convertido en la filósofa perfecta, en la música más apasionada, en la artista revolucionaria. Entendía todo lo que significaba el mundo material, la idea, la necesidad y el deseo. Se había despojado de ellos. Había pasado la eternidad a cada instante, en filas ordenadas de negro y gris pasando por la perpetuidad hasta el olvido. Y finalmente la nada. Lo entendía todo en un instante, era más sabia que los sacerdotes, los historiadores, los dictadores y los soñadores. Y luego sus dedos tocaban la pared y la arañaban y todo desaparecía en la oscuridad. Sus uñas habían menguado como un bloque de azucarillo en el café, deshaciéndose con cada roce con la pared. Su piel se había mimetizado con el hormigón, primero tostándose de color plomizo y luego dejando su carne, las líneas únicas de su huella digital, su sangre, que se veía tan oscura que parecía emerger de algún color oxidado y ennegrecido. Allí no existía el tiempo, sólo el silencio entre cada rasguño. El tempo del universo. La sinfonía de la creación y la destrucción. El vacío y el desgarro. La pared y la pared. Cada una a un lado de un cuerpo. Y ella pensó, ‘Aunque cada camino está lleno de contingencias, no hay ningún momento más bello que en el que conoces con toda certeza tu destino. En ese momento, te conviertes en dios.’ Y ahí, en las tinieblas entre las paredes; la enmohecida por el tiempo, que envolvía el cuerpo tan airoso que le sorprendía poder tocarlo con ternura; y la nueva, que ceñía con orgullo su cara hacia el paso del tiempo; se gestó en un segundo una Verdad. Hasta que se extinguieron los arañazos y el tiempo volvió a medirse igual, encajado entre las baldosas del suelo y las ráfagas de viento en el cielo.
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