lunes, 1 de junio de 2009

Olor a Mar

Nunca había visto el mar. No era algo que le importara especialmente a lo largo de su vida. Estaba ocupado en jugar por los campos, en meterse en barrizales, en pelearse con sus amigos y reconciliarse, en aprender cosas sobre su cuerpo, en enamorarse, en trabajar, en soñar, en acariciar y ser arrullado. En resumen, estaba ocupado en vivir. Sólo fue cuando llegó a ese punto en que las responsabilidades empiezan a verse borrosas y los deseos han madurado como melocotones bajo los rayos del sol de junio hasta caer del árbol henchidos de jugo, que empezó a pensar en el mar. Le vino a la cabeza una tarde, mientras estaba sentado sobre un pedrusco que ya había tomado la forma de todos los traseros que habían reposado sobre él incesantemente desde el principio de los tiempos – tanto que, si se hubiera dibujado en un gráfico, visto desde una distancia suficiente, casi parecería una línea recta. Miraba el campo de trigo que tenía delante aún por madurar, sólo él y sólo un pájaro que canturreaba con dejadez y miles de otras criaturas minúsculas que, invisibles, iban haciendo su camino. Pensó que en ese momento nadie más que él escuchaba el canto de ese determinado pájaro y se sonrió, levantando ligeramente la comisura de los labios y las pobladas cejas espolvoreadas de un blanco cada vez más denso. Luego pensó en el silencio, o mejor dicho, en su carencia. En el sonido del viento sobre el maíz verde, y cómo este se iba moviendo en oleadas a la luz del sol, reflejando en cada grano un tintineante destello. El suspiro del aire a través de las magistrales filas tupidas es como imaginaba que se expresaría el murmullo del oleaje. Y si miraba solo al lado izquierdo no veía los árboles que asomaban del campo vecino. Sólo podía ver las ondas de trigo verdes y sinuosas murmurando delante de un cielo tan azul que atravesaba el iris como un afilado témpano. De repente deseó ver el mar. Más que cualquier otra cosa en el mundo. Ver un océano vasto, gris y frío, bajo un horizonte que irracionalmente pareciera desplegarse hacia el infinito. Oír el sonido de las olas y sobreponerlo al del viento sobre el trigo, sospechando que el resultado sería muy similar. Se volvió a sonreír al imaginarlo y el deseo se convirtió en una desazón intensa y profunda en el centro del pecho que casi le hizo doblarse de dolor. Inspiró y expiró profundamente. Y ver el mar cruzó plácidamente el trazo imaginario entre el anhelo y la necesidad.

Desde ese día, vivía y respiraba por su nueva pasión, con un apetito voraz por todo lo relacionado con el mar. Recuperó de la biblioteca que había pertenecido a su padre ‘Moby Dick’ y se dejó arrastrar bajo las aguas por las palabras de Melville. Preguntó a sus hijos y a sus nietos, que hacía tiempo vivían en diversas capitales salpicadas por el país, por imágenes, libros, cuentos, contacto con el mar. Recibió una guía turística de las Baleares, un libro de náutica. Su hija menor le envió una novela de Mishima que se convirtió en su nuevo favorito, desdeñando la historia de amor por las deliciosas descripciones de islas en el ocaso, de pesca íntima y de cuerpos desnudos arropados por los incorpóreos granos de sal escondidos en cada gota de agua. Encontró ‘Marina’ en un antiguo poemario y lo leía cada anochecer mientras llegaba el invierno hasta que podía recitarlo sin necesidad de encender las cada vez más irremediables luces mecánicas, imaginándose mecido por el imparable océano. En ese momento en que se desdibujan los contornos de las cosas y la oscuridad pasa de ser una invitación a cogerte como un rehén desprevenido es cuando más deseaba estar en el mar, mirando la luna, alejado de cualquier luz colindante, con las estrellas tan cercanas que si se ponía de puntillas casi podría utilizarlas como un manojo de globos y salir volando. Decidió que, al llegar la primavera iría a ver el mar, le daba igual cómo, porque necesitaba atraer los extremos entre la realidad y su océano imaginado doblegándolos sobre sí mismos y sembrar un lugar nuevo donde acogerse. Donde poder elegir su último rumbo, navegar con las olas de cada luna llena que le quedara, trepar por la plateada cuerda que ata el cielo a la tierra.

Las noches se acortaban poco a poco, perezosamente, como un despertar de domingo. El olor de la tierra cambiaba, se deshacía, se amotinaba. La noche antes de la primera luna llena de marzo, cuando el circulo en el cielo nocturno es casi lo suficientemente redondo como para engañar a algunos, los menos observadores, alguien creyó haber oído el maullar de las gaviotas en esta tierra. La brisa estaba tupida de olor a sal, y empapada de humedad primaveral. Los gatos se agitaban nerviosos sobre los techos de uralita, que aún despegaban restos del calor del sol. Esa noche él soñó con el océano. Soñó como quien vive, su cuerpo reaccionaba ante las tibias gotas que le salpicaban y sus pulmones se llenaron de remolinos, se encharcaron de sal. Su cabello se humedeció y sus manos asieron con fuerza el tacto áspero de las cuerdas de un navío cualquiera mientras se adentraba en las bañadas dunas del mar. Al amanecer de ese día plenilunio su cuerpo aún permanecía tumbado sobre el lecho empapado, pero él se había sumergido en un mar añil, coreado por las gaviotas en la costa y miles de otras criaturas marinas que, en las profundidades, iban haciendo su camino.

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