Las sombras de las hojas en el suelo se movían como insectos furtivos. Era una noche de verano, mansa y calurosa, donde se había levantado un viento terco que refrescaba las pieles descubiertas que salían a su encuentro. ‘Nos hacemos mayores, pero no nos hacemos adultos’, decías. ‘Vamos, que la gente asume responsabilidades y van haciendo cosas diferentes, pero eso no significa que cambien o se conviertan en personas más sabias’. El vaso estaba frío y mi mano caliente, y un soplo de aire húmedo me hacía cosquillas con el pelo en la espalda.
‘Es como una guerra; realmente sólo importa la opinión del que ha vencido. Aunque la Historia luego pueda volver y revisarse, realmente es porque el tiempo consigue que las cosas encajen, a través de la erosión; que dejen de importar tanto. Que ya no estén escritas en fuego y sangre sino en tinta’, dije. O es lo que hubiera dicho si hubiera encontrado las palabras correctas. Pero lo importante es que lo he escrito, aunque sea tarde. Como dice Baricco, ‘escribir es una forma sofisticada de silencio’. En verdad lo que hice esa noche fue reírme. Cuando me dijo que nos hacíamos mayores, pero no adultos, me imaginé a la gente que considero se comporta como adultos como un muñequito de cuerpo pequeño que tienen una cabeza tremenda y se mueve cuando le das golpecitos. Mi jefe, mi padre, mi profesora de literatura de C.O.U. Y me reí. ‘En ‘La Inmortalidad’ dicen algo parecido’ dije, esta vez realmente. Estábamos hablando de un modo colindante de las últimas relaciones que teníamos. ‘Que llegado cierto punto vas envejeciendo, pero para ti permaneces igual. Que solo a través de algunos gestos, en un instante, se enfrentan la edad real con una expresión que no le pertenece.’ Él pedía otra cerveza y entonces me di cuenta de que se oía una cigarra en alguno de los árboles del parque cercano. Me sorprendió no haberlo escuchado antes. Me pregunto cuántas cigarras quedarán en la ciudad, y si ya hay algunos sitios donde puedes pasar todas tus noches sin oír ninguna y nunca pensar siquiera en ello.
‘Creo que llega un punto en que te das cuenta de que nadie es bueno o malo del todo. Quizá eso sea convertirse en adulto. Cuando ya no tienen importancia los daños colaterales, porque, al fin y al cabo, todos lo hemos sido alguna vez’. No sé quién dijo eso, pero fue alguno de los dos. Miré a mi alrededor y vi el asfalto plomizo, las sillas y mesas plateadas de terraza, las paredes de ladrillo y un obstinado semáforo de corazón mecánico. Todo estaba bañado por la luz dorada de las farolas y la bruma que se deslizaba silenciosa cada noche desde el mar.
‘¿Crees que hay alguien que haya acabado convertido en la persona que imaginaba que sería?’
‘Yo iba a ser mago, futbolista y escritor, en ese orden, y todo para ligar más; así que imagino que no’
Me reí. ‘Yo creo que no recuerdo con claridad lo que realmente quería ser, a lo mejor eso hace las cosas más difíciles’. Ahí sonrió él.
En la mesa de al lado la niña que había estado jugando entretenida con un manojo de llaves se había dejado llevar impávidamente por el sueño, desparramada por el carrito que casi le quedaba pequeño. Cuanto más crecemos, más corto se hace el tiempo. Posiblemente dejamos atrás lo importante y miramos hacia delante con una desazón cada vez más intensa. Y pensé qué es lo que yo podría enseñar realmente a alguien.
‘¿Otra cerveza?’
‘Venga’ dije, dilatando la noche hacia la madrugada. Porque quizá sea una noche de verano, dos seres extraños en empatía y una caña en la mano todo mi legado.
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