lunes, 8 de junio de 2009

La historia de un cuerpo

Los días de lluvia son los que más disfruto del mar. Había granizado, de repente. Primero sonó un trueno violento, desgarrador, como el grito de un descomunal animal mitológico en el horizonte. Y empezaron a caer pequeños guijarros del aire, cada vez con mayor intensidad. Parecía que alguien vaciara a toda velocidad un gran cubo desde el cielo. Luego empezó a caer más despacio, con desgana, hasta que acabó. Extinguido y extenuado. El suelo se había convertido en un lago improvisado donde iba encharcando mis pies en sus chanclas de verano y playa. La arena estaba agujereada, como la superficie de un planeta pardo, llena de cráteres y montañas. En ese momento el cielo era de color gris claro, metalizado y brumoso, y miré al mar, fantasmagórico. Inquietante en su quietud. Tan liso como la superficie de un plato. No había una sola comisura entre el cielo y el mar, solo un lienzo lleno de paletas plateadas. Era como un presagio, rodeado en el barco de todo ese color plomizo, en que el mar se abriría de un momento a otro como una boca para tragarse el mundo. Pensé en una historia, que empezaba diciendo ‘Volvió allí para matarla’ y en que un cadáver de mujer acababa en el fondo de un mar así, en amenazante estatismo.

Eso fue lo que me vino a la cabeza cuando hablábamos aquella noche. Por qué la mataba. Por qué tenía que volver para matarla, y no podía vivir sin mirar atrás. Quizá era tan huérfano en sus sentimientos como lo era yo, y por eso acabó atrapado en mi historia. Tú me hablabas de dejarme seducir, ‘podríamos pasar esta noche juntos’, decías, ‘lo demás no importa, mañana no importa, ahora es sólo esta noche’. O quizá me decías ‘por qué no vienes a dormir a mi casa o voy yo a dormir a la tuya’. No lo recuerdo con claridad. Puede que me lo dijeras tú o puede que me lo dijera otra persona. Yo te había mirado como quien mira una anáfora. Me había imaginado perdiendo el apetito por ti, preguntándome por qué no me llamabas, borrando tu número de mi móvil para no sentirme tentada a mandarte un mensaje. Podrías ser algo importante o no ser nada, con tendencia a lo segundo porque hay un suministro mucho más abundante. Me besaste una vez, y luego aparté la mirada. Cambió el color del momento, serían los focos de la discoteca, pero puede que fuera parte de la providencia. De rojo carmín a un azul estridente para acabar en verde. Me sonreíste, y el cadáver resbalaba lánguidamente por la popa del barco a media tarde. El mar lo tragaba suavemente. Unos cabellos flotaban un instante en la superficie del agua, como si tuvieran vida. Las ondas que dejó el cuerpo hacían eco y desaparecieron. El mar guardaba sus secretos. Tenía que poner en marcha el motor del barco y volver a la orilla, pero el silencio que había dejado la tormenta tenía densidad y recelaba tener que acuchillarla, así que dejó pasar el tiempo mansamente e imaginaba los ojos vacios de ella observando la madera elíptica desde la oscuridad del agua, llena de rencor por sus días robados.

Esa noche dormimos solos tú y yo. En una cama yerma, que se extendía como una estepa árida en que cada uno de nosotros nos íbamos haciendo más y más diminutos. Tenía una canción en la cabeza, una que me habían recordado esa misma noche, de hace muchos años, grotescamente enérgica. ‘Más nadie me miraba y estaba triste. La niña más feúcha ellos hacían sentirme’ sonaba con afán rebotando en las paredes de mi mente. ‘Estaba caminando, estaba sola’. Pensé que lo realmente risible era que no pudiera ponerle una banda sonora más apropiada al lugar baldío donde me encontraba. En el psicópata que todos llevamos dentro. En que me gustaría poder verte en una pantalla, como si fueras un animal doméstico y rebobinar los momentos que más me han gustado.

En el barco, él se encendió un cigarrillo. Porque asesinar a alguien es casi como hacer el amor.

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