A veces escribo porque sí, como todos. Nos encontramos una noche cualquiera y es el Destino, así, con mayúsculas. Creemos que las cosas tienen más sentido del que pensamos. Suena un blues y soñamos con Chicago porque es eso lo que hay que hacer. Y bailamos, arrítmicamente una noche de lunes imaginando el amanecer. Reivindico cada anhelo y cada desazón. Estoy construyendo un estandarte para la revolución, pero no acabo de tener tiempo para acabarlo.
A veces huelo a gas.
Y a veces el mapa que trazaste sobre mi piel me duele más que nunca, con la huella de una cicatriz sin borrar. La memoria del cuerpo aúlla y puedes taparte los oídos como quieras mientras yo me fumo un cigarrillo, porque sé quién va a ganar. Pensaba en palabras que describieran el amor. ‘Haz tu trabajo. Lleno’ decía Tura Satana. Era una película en blanco y negro. Te sacias y yo arranco. Te entregas y yo me colmo. Cuanta poesía se esconde en la línea más vulgar. Cada uno a su pesar. En quién pensarás mientras me besas. Ya no espero, solo ejecuto. Una sucesión vertiginosa, una acción sin reacción. La necesidad del sinsentido es un paso hacia la destrucción. Toqueteo los desenlaces, los desato, los arrebato, los dejo caer. ‘You aint got one’. Decía Marlene, con los labios de mi abuela Florence. No me queda destino. Sólo la acumulación, el límite, la acción. Un vacío construido con cada gesto. Solo me alejo de ti con cada paso, sin alejarme de nada en particular. Lo que escribí se parecía a esto: ‘¿Crees que alguien se ha acabado convirtiendo en la persona que imaginaba que ser?’ Si te digo algo después de los anuncios es que te estaba escuchando. No hay nada más triste que la concatenación.
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